Tratamiento para trastornos mentales
El tratamiento de los trastornos mentales puede incluir distintas intervenciones según las características y necesidades de cada persona. La medicación, la psicoterapia, la psicoeducación y el trabajo con el entorno pueden formar parte de un abordaje que no reduzca el padecimiento a una única dimensión.
Durante mucho tiempo, y especialmente desde una mirada predominantemente biomédica, una parte importante del tratamiento en salud mental se concentró en reconocer síntomas, establecer diagnósticos e indicar tratamientos farmacológicos. La medicación puede ser necesaria y, en muchos cuadros, resultar fundamental. El problema aparece cuando se supone que intervenir sobre el funcionamiento biológico alcanza para comprender y tratar todo aquello que le sucede a una persona.
Un sujeto no es solamente un cerebro. Tiene una historia, establece vínculos, utiliza el lenguaje para interpretar aquello que le sucede, vive dentro de determinado contexto y construye significados acerca de sus propias experiencias. Por eso, un tratamiento integral necesita considerar también esas dimensiones.
En ¿Qué es la psicoeducación? se propone un abordaje que articule una farmacoterapia adecuada, una terapia clínica sostenida y un trabajo de psicoeducación dirigido tanto al paciente como a su entorno familiar. Esta integración permite intervenir sobre diferentes aspectos del padecimiento sin fragmentar al sujeto entre profesionales y especialidades que trabajan de manera completamente aislada.
La farmacoterapia interviene sobre la dimensión biológica y puede resultar fundamental para reducir determinados síntomas y favorecer la estabilidad. Sin embargo, que una persona reciba la medicación adecuada no significa que comprenda qué le sucede, pueda reconocer determinados cambios en su funcionamiento o sepa cómo actuar frente a ellos. Allí aparece la importancia de la psicoterapia, pero también de la psicoeducación.
Psicoeducar no consiste solamente en entregar información acerca de un diagnóstico. Implica generar condiciones para que la persona pueda comprender aquello que le sucede, apropiarse de conocimientos sobre su propio padecimiento, reconocer síntomas y construir herramientas para participar activamente de su tratamiento.
Esto también puede favorecer la adherencia al tratamiento. Una persona puede abandonar una indicación no simplemente porque “no quiere tratarse”, sino porque no comprende para qué sirve, qué efectos puede esperar o cómo interpretar aquello que comienza a experimentar. El modo en que se transmite la información puede marcar la diferencia entre que una indicación pueda incorporarse al cuidado cotidiano o termine siendo abandonada.
El entorno también puede formar parte del tratamiento. Las investigaciones sobre clima familiar mostraron que las relaciones y las formas de comunicación pueden influir sobre la estabilidad y las recaídas. Si una persona convive diariamente con otros, aquello que ocurre en esos vínculos no constituye necesariamente un elemento externo al padecimiento. Por eso el trabajo con familiares puede permitir revisar formas de comunicación, aprender a reconocer cambios y construir maneras de acompañar que favorezcan la autonomía y la estabilidad.
Pensar un tratamiento integral tampoco significa que todos los profesionales hagan lo mismo. Cada disciplina conserva sus incumbencias específicas. Lo que se cuestiona es una fragmentación en la que cada profesional atiende exclusivamente “su parte” como si bioogía, psiquismo, vínculos y socialización existieran independientes unos de otros.
El tratamiento de un trastorno mental, entonces, no consiste solamente en hacer desaparecer síntomas. Puede implicar reducirlos o lograr su remisión, favorecer la estabilidad, prevenir nuevas descompensaciones, comprender la propia experiencia, sostener los tratamientos necesarios y recuperar o construir posibilidades de funcionamiento psíquico y social.
Por eso no existe una única intervención que pueda llamarse, por sí sola, “el tratamiento”. Tratar integralmente supone intervenir sobre un sujeto completo: un organismo, pero también una historia, un lenguaje, unos vínculos y una manera singular de experimentar aquello que le ocurre.
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