Consciencia de enfermedad
La conciencia de enfermedad es la posibilidad de que una persona pueda reconocer que determinados cambios, experiencias o dificultades que atraviesa forman parte de un problema de salud mental y comprender qué implicancias tiene eso para su cuidado.
No consiste simplemente en aceptar un diagnóstico ni en repetir: “tengo tal trastorno”.
Implica poder construir progresivamente una explicación sobre qué me ocurrió, qué manifestaciones puedo reconocer, qué cosas cambiaron respecto de mi funcionamiento habitual, qué necesito para mantenerme estable y por qué determinado tratamiento puede ayudarme.
Por eso, la conciencia de enfermedad no debería pensarse únicamente como algo que una persona posee o no posee. También puede construirse.
¿Por qué una persona puede no reconocer que está atravesando un problema?
En algunos trastornos, especialmente durante una descompensación psicótica, aquello que la persona experimenta puede tener para ella valor de realidad.
Si alguien está convencido de que está siendo perseguido, por ejemplo, no necesariamente experimentará esa situación como un síntoma. Desde su perspectiva, el problema no es que está interpretando una persecución, sino que efectivamente está siendo perseguido.
Pedirle en ese momento que reconozca inmediatamente que aquello que vive forma parte de una alteración puede resultar imposible.
Pero la conciencia tampoco depende solamente de los síntomas.
En ¿Qué es la psicoeducación? se plantea una paradoja importante: muchas veces se afirma que una persona “no tiene conciencia de enfermedad” y, a partir de esa conclusión, se decide no explicarle demasiado qué le ocurre. Si no recibe información sobre su diagnóstico, sus síntomas o su tratamiento, después resulta difícil esperar que pueda comprenderlos.
¿Cómo se construye la conciencia de enfermedad?
La psicoeducación cumple un papel fundamental. Cuando la persona se encuentra en condiciones de hacerlo, puede comenzar a revisar aquello que ocurrió: qué estaba pensando, qué percibía, cómo actuaba, qué cambios observaron los demás y qué diferencias reconoce entre aquel momento y su estado actual.
No se trata de decirle simplemente “estabas equivocado”, sino de ayudarla a comparar experiencias. Después de una descompensación, por ejemplo, puede ser posible volver sobre determinadas certezas o percepciones y preguntarse: ¿esto sigue ocurriendo?, ¿qué cambió?, ¿cómo lo interpreto ahora?, ¿qué sucedió cuando comenzó el tratamiento?
Ese trabajo permite relacionar experiencias que, de otro modo, podrían permanecer desconectadas.
¿Qué relación tiene con el tratamiento?
Comprender qué ocurrió también permite comprender para qué sirve aquello que hacemos para cuidarnos.
Una persona puede abandonar la medicación porque se siente bien y concluir que ya no la necesita. Construir conciencia implica poder reconocer que su estabilidad actual está relacionada precisamente con el tratamiento que está realizando.
También supone conocer posibles efectos adversos, saber qué cambios conviene comunicar al equipo tratante y reconocer señales que anteriormente precedieron a una descompensación. La conciencia de enfermedad puede convertirse así en una herramienta para construir adherencia y autonomía.
El objetivo de la psicoeducación no debería ser conseguir que alguien obedezca porque su familia o un profesional saben más. Es ayudar a que progresivamente pueda comprender su propia experiencia, reconocer aquello que le sucede y participar de las decisiones relacionadas con su cuidado.
Por eso, adquirir conciencia de enfermedad no significa solamente poder decir “tengo un diagnóstico”.
Significa poder construir conocimiento sobre uno mismo: qué me pasó, cómo puedo reconocerlo, qué cosas me ayudan a mantenerme estable y qué puedo hacer si empiezo a notar que algo está cambiando.
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