¿Qué significa que el lenguaje nos precede?

Efrain Rodas

9/5/20263 min read

Decir que el lenguaje nos precede significa que ninguno de nosotros llega a un mundo sin palabras para después comenzar a nombrarlo. Cuando nacemos, el lenguaje ya existe. Otros hablan antes que nosotros, han construido categorías, establecido relaciones y producido significados. Llegamos a un mundo que ya fue nombrado.

Incluso antes de nuestro nacimiento podemos tener un nombre. Somos esperados como hijo, hija, hermano, nieta. Se habla acerca de nosotros, se imaginan características, se construyen expectativas y se nos asigna un lugar dentro de una familia y de una historia que comenzaron antes de nuestra llegada.

Cuando finalmente nacemos, tampoco esperamos a aprender a hablar para entrar en el lenguaje.

Un bebé llora y alguien interpreta: “tiene hambre”, “está cansado”, “le duele algo”, “quiere que lo alcen”. Sus primeras experiencias son recibidas por otros que intentan nombrarlas y darles sentido. Mucho antes de poder explicar qué le ocurre, otros ya están hablando acerca de aquello que le ocurre.

Aprendemos un mundo que otros organizaron

Aprender el lenguaje no consiste solamente en memorizar los nombres de las cosas. Cuando aprendemos “familia”, “peligro”, “bueno”, “malo”, “mío” o “prohibido”, aprendemos también diferencias y relaciones. Descubrimos que ciertas personas son familiares y otras desconocidas; que algunos objetos pueden tocarse y otros no; que determinadas acciones son esperadas, permitidas o rechazadas.

Esas categorías no fueron creadas por cada niño desde cero. Cada sociedad, cada época y cada familia ofrecen una determinada organización de significantes dentro de la cual el niño comienza a construir su propia experiencia.

Por eso el lenguaje no comienza cuando pronunciamos nuestra primera palabra. Esa primera palabra sólo puede aparecer porque durante mucho tiempo estuvimos inmersos en un mundo de palabras pronunciadas por otros.

También somos nombrados antes de poder nombrarnos

El lenguaje que nos precede no solamente organiza los objetos que encontramos. También comienza a decir algo acerca de nosotros. “Es igual al padre.” “Es tímida.” “Es el más responsable.” “Siempre fue difícil.” “Es muy inteligente.”

Esos significantes pueden ocupar lugares importantes en nuestra historia. Algunos serán incorporados, otros rechazados y muchos adquirirán sentidos nuevos con el tiempo. Pero ninguno surge en un vacío: la posibilidad de preguntarnos quiénes somos aparece dentro de un lenguaje que primero recibimos de otros.

Nuestro propio nombre es quizás el ejemplo más evidente. Nos identifica durante años antes de que podamos comprender qué significa tener un nombre.

Que el lenguaje nos preceda no significa que nos determine completamente

Recibir un lenguaje no implica quedar condenados a repetirlo. Podemos cuestionar aquello que otros dijeron de nosotros, modificar relaciones entre significantes, encontrar nuevas palabras para experiencias que antes no podíamos nombrar y construir sentidos diferentes acerca de nuestra propia historia.

Pero incluso para discutir aquello que recibimos necesitamos del lenguaje.

Podemos rechazar que alguien nos haya llamado “débil”, por ejemplo, porque contamos con otros significantes desde los cuales reinterpretar nuestra experiencia. Podemos descubrir que aquello que durante años fue nombrado como debilidad también puede pensarse como miedo, sensibilidad, enfermedad, agotamiento o necesidad de ayuda. No elegimos el lenguaje en el que comenzamos nuestra historia, pero podemos hacer algo con él.

Decir que el lenguaje nos precede significa, entonces, reconocer una condición fundamental de nuestra existencia: antes de que pudiéramos hablar, ya éramos hablados. Antes de construir nuestras propias explicaciones, ingresamos en explicaciones construidas por otros.

Después podremos discutirlas, reorganizarlas, ampliarlas y producir algo singular con ellas. Pero cuando llegamos al mundo, el lenguaje ya estaba ahí esperándonos.

Fuente

Autora: Karina Agüero

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