¿Qué lugar ocupa la familia en el tratamiento de la psicosis?
En el tratamiento de la psicosis, la familia puede ocupar un lugar especialmente importante. No porque deba reemplazar a los profesionales ni porque sea responsable del trastorno, sino porque comparte una parte de la vida cotidiana de la persona que el equipo tratante muchas veces no puede observar directamente.
Una consulta muestra un recorte. Entre una consulta y otra ocurren conversaciones, cambios en las rutinas, dificultades para dormir, modificaciones en la conducta, interpretaciones nuevas, conflictos, olvidos, temores y situaciones que pueden resultar clínicamente relevantes.
Además, cuando comienza a alterarse el criterio de realidad, la propia persona puede no reconocer algunos de esos cambios como síntomas o acontecimientos importantes para comunicar durante una consulta.
Por eso, en El ABC de la salud mental se plantea la importancia que puede adquirir un informante externo, como un familiar, capaz de aportar episodios que la propia persona quizá no recuerde mencionar o no haya reconocido como significativos. Pero aportar información no significa vigilar permanentemente.
La familia no debería convertirse en una especie de extensión doméstica del consultorio, observando cada palabra y cada conducta en busca de patología. Su lugar puede ser mucho más útil: conocer suficientemente el funcionamiento habitual de la persona como para advertir modificaciones relevantes, comunicarlas cuando corresponda y colaborar con el tratamiento sin reducir toda la relación familiar al trastorno.
La familia puede aprender qué características tiene el trastorno, cómo se manifiesta particularmente en esa persona, qué tratamiento está realizando, cuáles son las señales que requieren atención y cómo actuar frente a determinadas situaciones. El texto plantea precisamente la posibilidad de psicoeducar a los familiares en el hacer cotidiano y orientarlos en momentos de crisis para evitar respuestas que puedan empeorar la situación.
Esto modifica profundamente la idea de acompañamiento. El familiar deja de estar condenado a improvisar frente a algo que no comprende y puede comenzar a construir herramientas.
Al mismo tiempo, el familiar conoce algo que el profesional no conoce: la historia compartida, las rutinas, las maneras habituales de hablar, determinados cambios sutiles y el funcionamiento cotidiano. Ese saber no reemplaza el conocimiento clínico, pero puede aportar información importante cuando existe comunicación con el equipo tratante.
La familia ocupa entonces un lugar particular: no diagnostica, no prescribe y no realiza el trabajo clínico, pero observa, acompaña, comunica, aprende y participa del entorno en el que la persona intenta sostener su estabilidad.
Integrarla al tratamiento no significa entregarle la responsabilidad sobre la evolución del paciente. Significa reconocer que la psicosis no ocurre dentro de un consultorio y que el tratamiento tampoco termina cuando finaliza una sesión.
Entre una consulta y la siguiente continúa la vida. Y es precisamente allí, en esa vida cotidiana, donde una familia psicoeducada puede convertirse en una parte muy importante del sostén.
Fuente
El ABC de la salud mental
Autora: Karina Agüero


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