Pasaje al acto
Cuando hablamos de pasaje al acto, no nos referimos simplemente a hacer algo de manera impulsiva, enojarse o reaccionar sin haber pensado suficientemente. El concepto intenta describir una situación más específica: aquello que no logra ser mediado por el pensamiento y la palabra encuentra una salida directa en la acción.
Habitualmente existe cierta distancia entre lo que pensamos, sentimos y hacemos. Podemos experimentar miedo, enojo, angustia o incluso imaginar determinadas acciones sin realizarlas. Pensar, hablar, dudar, anticipar consecuencias o recurrir a otros permite que aquello que nos atraviesa pueda ser elaborado antes de convertirse en acción. Esa distancia constituye una forma de mediación simbólica.
En el pasaje al acto, algo de esa mediación deja de funcionar. El acto aparece allí donde aquello que ocurre ya no consigue tramitarse mediante palabras y pensamiento.
Del pensamiento al acto
Desde la perspectiva desarrollada en Cuando la certeza reemplaza al pensamiento, esta relación adquiere una forma especialmente importante en el delirio.
Cuando todavía podemos pensar acerca de una interpretación, existe alguna posibilidad de distancia: “creo que ocurre esto”, “¿y si estoy equivocado?”, “¿podría existir otra explicación?”. El pensamiento permite introducir alternativas, demora y duda. Pero una certeza delirante no es experimentada simplemente como una hipótesis.
Si una persona está absolutamente convencida de que alguien intenta matarla, perseguirla o perjudicarla, su conducta puede organizarse en función de aquello que para ella constituye una realidad indudable. Cuando además esa certeza adquiere carácter de mandato, puede colapsar la distancia entre pensamiento, palabra y acto.
El acto deja entonces de aparecer para el sujeto como una posibilidad entre otras y puede presentarse como aquello que necesariamente debe hacerse.
No es simplemente “no pensar”
Desde afuera podríamos describir el pasaje al acto diciendo que alguien “actuó sin pensar”. Sin embargo, el problema puede ser exactamente más complejo.
En Cuando la certeza reemplaza al pensamiento, se propone pensarlo no necesariamente como ausencia de pensamiento, sino como saturación: el pensamiento ya no consigue producir separación, introducir alternativas o elaborar aquello que está ocurriendo. En lugar de abrir posibilidades, una significación se impone con tal certeza que exige cumplimiento.
Por eso, en estos casos, decir simplemente “pensalo bien” puede resultar insuficiente. Para poder pensar algo necesitamos que exista cierta distancia respecto de aquello que pensamos. Si esa distancia desaparece, también disminuye la posibilidad de preguntarnos si aquello que creemos podría ser de otra manera.
Pasaje al acto no significa necesariamente violencia
Tampoco debemos convertir el concepto en sinónimo de conducta violenta. Lo que define el fenómeno no es exclusivamente qué acción realiza una persona, sino la relación que se produjo entre aquello que la atraviesa y el acto: algo que no encontró posibilidad de elaboración simbólica aparece directamente en la acción.
Por eso comprender un pasaje al acto requiere mirar algo más que la conducta final. Necesitamos preguntarnos qué ocurrió antes, qué significación había adquirido la situación y qué posibilidades tenía el sujeto de introducir pensamiento, palabra, duda o ayuda entre aquello que experimentaba y aquello que terminó haciendo.
Recuperar una distancia
Esta manera de comprender el fenómeno también modifica aquello que consideramos importante clínicamente. Frente a una certeza que se presenta como mandato, discutir directamente su contenido puede no ser suficiente. La urgencia consiste en intentar recuperar algún grado de mediación: volver a introducir una distancia entre palabra, pensamiento y acto. Porque esa distancia permite algo fundamental: tiempo.
Tiempo para hablar, para que aparezca otro, para considerar alternativas, para pedir ayuda y para que aquello que parecía exigir una acción inmediata pueda volver a convertirse en algo susceptible de ser pensado.
El pasaje al acto aparece precisamente cuando esa distancia se derrumba y el acto ocupa el lugar que el pensamiento y la palabra ya no consiguen sostener.
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