¿Qué son los delirios?
Cuando escuchamos la palabra delirio, solemos pensar en una persona que cree algo falso, absurdo o imposible: que la persiguen, que recibe mensajes secretos, que alguien controla sus pensamientos o que posee capacidades extraordinarias. Sin embargo, lo extraño o falso de una idea no alcanza para definir un delirio.
Una persona puede equivocarse profundamente sin estar delirando. También puede sostener ideas insólitas, pertenecer a una religión, creer en teorías improbables o interpretar de manera errónea una situación. Incluso puede ocurrir algo aparentemente paradójico: el contenido de una construcción delirante puede ser verdadero. Alguien con un delirio celotípico podría estar siendo efectivamente engañado; alguien que se siente perseguido podría haber recibido realmente una amenaza. La verdad o falsedad del hecho no permite saber, por sí sola, cómo está funcionando el pensamiento.
Entonces, ¿qué define al delirio? Desde la perspectiva desarrollada en Cuando la certeza reemplaza al pensamiento, el delirio es una alteración en el funcionamiento del lenguaje, el pensamiento, el cuerpo y la relación con la realidad, en la que el pensamiento comienza a ser progresivamente reemplazado por una certeza inmediata y obligatoria.
Para pensar necesitamos poder establecer cierta distancia entre aquello que ocurre y la explicación que construimos sobre eso. Podemos decir: “creo que”, “quizás”, “me parece”, “podría ser”. Podemos comparar alternativas, escuchar a otra persona, encontrar contradicciones, cambiar de opinión o preguntarnos si estamos equivocados.
En el delirio ocurre algo diferente. La certeza no aparece necesariamente después de analizar evidencias y llegar a una conclusión. Puede aparecer primero. La persona no piensa: “hay varias posibilidades y, después de evaluarlas, creo que me están persiguiendo”. Lo sabe. Después pueden aparecer razonamientos, asociaciones, recuerdos y pruebas, pero comienzan a trabajar alrededor de una certeza que ya se presentó como verdadera.
Por eso un delirio puede ser extraordinariamente coherente. La persona puede explicar durante horas por qué aquello que sostiene es cierto, establecer relaciones entre acontecimientos y recordar una enorme cantidad de detalles. El problema no es necesariamente que haya perdido su capacidad general para razonar. La imposibilidad de dudar puede estar localizada específicamente dentro del armado delirante. Fuera de él puede aprender, conversar, trabajar, tomar decisiones e incluso poner en duda muchísimas otras cosas.
A medida que la certeza avanza, además, comienza a modificar la lectura de nuevos acontecimientos. Una mirada puede convertirse en señal, una coincidencia en prueba, una frase en mensaje. Incluso aquello que contradice la certeza puede terminar incorporándose a ella. Los otros dejan progresivamente de funcionar como interlocutores capaces de introducir una explicación diferente y pueden empezar a ser leídos como confirmaciones, amenazas, perseguidores u obstáculos.
Por eso discutir únicamente si el contenido del delirio es verdadero o falso muchas veces no permite comprender qué está ocurriendo. La pregunta fundamental no es solamente “¿qué cree esta persona?”, sino “¿qué relación puede establecer con aquello que afirma?”. ¿Puede dudar? ¿Puede considerarlo una interpretación? ¿Puede imaginar otra explicación? ¿Existe alguna evidencia que pudiera modificar esa conclusión?
Porque una convicción, por intensa que sea, todavía puede ser pensada.
En el delirio ocurre algo diferente: allí donde antes podían existir preguntas, hipótesis y alternativas, una posibilidad adquiere el estatuto de realidad obligatoria. La persona no simplemente cree. Sabe. Y es justamente en ese punto donde la certeza comienza a reemplazar al pensamiento.
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