No tan neologismos

Efrain Rodas

12/31/20265 min read

–¿Querés Roberto-jugo, hija? Le digo a la mayor

–No hables así, papá –me reclama.

“Roberto” llegó oculto en una pelea cómplice con mi hija de seis años que me pedía que no diga algo que ni me di cuenta que he dicho. Roberto, que ahora es Roberto, pero antes fue el mucho menos evidente “turbolechuguencia” y durante más de un año fue el sufijo -suki “¡damesuki un besito!”. Se puede pensar que es una palabra cualquiera que fue “Roberto” como podría haber sido “crisálida”, “éter”, “meribolencha o Verónica”. Una palabra cualquiera o una inventada, al azar para los neófitos, o un cifrado bien específico para los psicoanalizados, y por ende, nada de casual en que sea “Roberto”. Que ganó lugar entre las palabras que yo decía a diario inmiscuyéndose en resquicios inexplorados o inadvertidos, o en esas pausas necesarias en una enunciación o por pura prepotencia. Una gota en el río de Heráclito que se instaló y se repitió desde el profundo e inaccesible silencio a través del vibrante caudal de palabras del pensamiento hasta dar con la superficie crespa de mi discurso tantas veces como para que mi hija de seis años me pida que ya no la siga usando.

“¿Me alcanzás el Roberto-destornillador?” o “¿Roberto-vamos?” o, “puedo hacer milanesas con huevos-Roberto-fritos” y hasta el inoportuno congelador de atmósferas “Vamos a la Roberto-cama” que es bien distinto de “Vamos a la cama, Roberto”. También apareció en modo repetición, “yo no RobertoRoberto-quiero”. Nos reímos cuando logré introducir en público a “Roberto” cuando fuimos al mercado y al almacenero, le dije “Roberto-hola”, y él me saludó aclarando que se llama “José”.

Sin embargo, lo más llamativo del caso, dado mi entrenamiento psicoterapéutico, fue que me tomó seis meses de repeticiones diarias reconocer y reparar en que esa palabra había aparecido para decirme algo. Incluso mi entorno bien psicoeducado no lo notó. Entonces, para dejar de jugar a escaparme de eso, fuese lo que fuese que esa palabra me trataba de decir, un miércoles a la tarde, me la anoté en el interior del antebrazo izquierdo con tinta permanente cual tatuaje para que el lunes siguiente en terapia no se escabullera de mis prioridades, y esperé.

Cuando llegó el día, el dibujo seguía ahí, desvanecido y tenue como un recuerdo sin emoción. Yo estaba tan ansioso por saber qué estaba tratando de decirme a mí mismo con esto de “Roberto” que llegué con una hora de antelación a la sesión. Me senté en un café para disfrutar de ese tiempo libre con sabor a conquista que me producía estar a punto de descubrir algo. Mientras esperaba, pensé que si una década de análisis y psicoeducación me habían enseñado algo era que, después de confesarle al psicólogo que no podía parar de repetir esa palabra, él me preguntaría acerca del sentido de ese vocablo en mi vida.

No necesitaba pensar demasiado al respecto. En general, había aprendido, los sentidos están menos ocultos o cifrados de lo que estaríamos dispuestos a apostar. Por la forma en que se presentaba, “Roberto”, me sugería una alarma. El sonido de una alarma activada. Esta era, sin duda, la función de Roberto, una advertencia, un llamado de atención; pero, ¿para qué?, ¿sobre qué? ¿Qué significaba Roberto a fin de cuentas?

Como tópico se relacionaba, sobre todo, con dos elementos en mi vida -como si la objetividad fuese posible-. Desde los cuatro o cinco años y hasta los catorce o quince, veraneé con mi familia en un poblado costero en Uruguay de donde mi padre es oriundo. Pasábamos los días en la playa en compañía de unos adolescentes que eran amigos de mi hermana. Pese a que todos los integrantes del grupo tenían alrededor de diez años más que yo, me sentía bien incluido. Estos chicos podían administrar con naturalidad mi presencia, algo que los amigos porteños de mi hermana no podían, no sabían o no querían hacer; entre estos yo solía tener la sensación de ser un estorbo. Durante uno de esos días de playa apareció la sobrina de uno de los chicos, que tenía mi edad. Entre ella y yo se desarrolló una amistad inevitable y amena, dado que éramos los más pequeños. Mientras escribo, y pese a que llevo más de veinticinco años sin saber nada sobre ella, siento que esa conexión sigue intacta.

Durante una de esas tardes, mientras tomábamos mate, la conversación dio como resultado la confesión de que el hermano mayor de mi nueva amiga, que se llamaba Roberto, consumía marihuana. Yo apenas conocía esa palabra, que en ese momento significaba algo muy grave, en términos familiares trágico, y que teñía de criminalidad al que la consumía. La sola pronunciación de la palabra auguraba maldiciones. Los delincuentes consumían marihuana o se hacían tatuajes. Eso era todo lo que sabía al respecto y, en ese momento, sentí miedo. Esa fue la primera vez que alguien dentro del círculo de personas que yo conocía tenía ese problema. Que muchos años después yo repliqué.

El otro Roberto en mi vida es el fundador y vigente administrador de la que supo ser la primera rotisería de mi pueblo natal. Durante muchos años, comprar en esa pizzería, para mi familia, era un lujo infrecuente. Cuando tenía veinticuatro años me fui a vivir solo a seis cuadras de la casa de mis padres en un departamento enfrente de esa pizzería que estaba situada a media cuadra, por una transversal, del punto neurálgico del barrio.

Una noche cualquiera, en la madrugada helada de un día de julio, vi la silueta de un hombre mirando desde el techo de ese local hacia mi departamento. Al principio, dudé acerca del lugar al que miraba, así que me detuve a vigilarlo durante largos minutos y él, inmóvil, no le quitó la atención a mi departamento. Me llegó un mensaje que me distrajo y lo olvidé. Más tarde, ya en la madrugada, mientras estaba dormido me despertó el ruido de una maceta que se cayó. Eran tres delincuentes que entraron por una ventana sin rejas que me redujeron a punta de pistola y vaciaron el departamento. Dos días más tarde, el hijo del vecino pizzero se acercó a hablarme de lo sucedido cuando me vio llegando a casa. Tenía puesta una gorra roja con el escudo de Ferrari.

Un mes después del robo, cuando solo había repuesto el bajo eléctrico que se llevaron, me despertó un ruido afuera. Aunque sabía que los ladrones iban a volver porque se habían llevado un enorme botín de unos veinte mil dólares en cosas sin dificultades, me temblaron las rodillas. Me asomé oculto en la oscuridad y, tratando de abrirse paso por entre las rejas nuevas de la ventana, vi el escudo amarillo sobre el rojo y luego el rostro.

Ambas posibilidades se relacionan en la idea de impotencia, inquietud y miedo. Porque me siento impotente frente al arrasador hechizo del porro que basta con aparecer en el paisaje para que yo caiga en su red; y en la cobarde necesidad de quedarme callado frente a un delito grotesco. No dejé de comprarle pizzas a Roberto, prefiero que no sepan que sé.

–¿Por qué te sentís impotente ahora? –preguntó mi analista.

Fuente

De qué hablo cuando hablo de psicosis

Autora: Karina Agüero

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