Historia de un perro de la calle
¿DE QUÉ HABLO CUANDO HABLO DE PISOCIS?
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Este texto forma parte del libro de ensayos de Efra “De qué hablo cuando hablo de psicosis”. Si querés leer el libro entero seguí este link
Seis de la tarde. Verano. La General Paz hervía de tránsito. Karina volvía dormida de nuestra sesión de terapia de pareja. Que se durmiera en el auto era, en sí mismo, un signo de que Miguel, el terapeuta, estaba haciendo un buen trabajo. Para esa tercera sesión, era tan sorprendente como habitual. Para alguien psicoeducado, un buen terapeuta es tan fácil de reconocer como uno malo. Lo más difícil es definir a esos que se quedan en esa línea media: la mediocridad.
En la radio sonaba el programa de Wainraich. Yo no prestaba atención del todo. Tenía la cabeza llena de ideas extrañas aunque a mí no me lo parecían. De pronto —nunca sabemos por qué le prestamos atención a unas cosas y no a otras—, me enfoco. Sebastian y Julieta explicaban por qué prestan más atención a los mensajes negativos que a los positivos. Redes sociales. Me sorprendió descubrir que existía la posibilidad de que lean los mensajes. Imposible. Son famosos. Las redes las administra alguien más ¿De verdad les importa lo que dice un desconocido?
Me pregunté si sería posible que lean uno de mis comentarios. Se me ocurrían cosas para decir sobre lo que hablaban, con tanta frecuencia como a cualquier otro. Pero nada me parecía lo bastante relevante como para llamarles la atención. Opté por una estrategia diferente. Por esos días, estaba leyendo Rayuela. Comenté que iba a usar la figura de Julieta Pink en el lugar de La Maga en mi versión de esa obra de Cortázar. Mi versión se llamaría Mandála. Mi personaje femenino sería madre de dos, esposa y locutora de radio; fanática de la navidad -pelaría las uvas-; una digna hincha de River Plate que preferiría viajar en bicicleta.
El posteo siguiente al mío me dejó en shock. Sin explicación: una foto de Julieta “durmiendo” sobre unas sillas, en la sala de control de la radio. Leí todos los comentarios. El único que podía relacionarse con esa foto era el mío. Dormía. Yo dormía. No encaraba mi empresa literaria. Me habían leído.
Este extraño acto tenía como explicación un esfuerzo casi instintivo de cambiar de trabajo. Mi puesto laboral era bueno. Envidiable, para muchos. Pero, encerrado en ese local de veinticuatro metros cuadrados, mi psiquismo turbulento se desesperaba. Un tigre enjaulado que cuenta los pasos que lo separan de la libertad o de la muerte. Bien vestido. Tenía tiempo libre para tomar café sentado mientras leía o escribía. Pero no podía leer. No podía escribir. No podía hacer nada de eso que tanto me gustaba porque no paraba de atar cabos. Estaqueado en un pasado que, juraba, quería soltar. Cada tipo que pasaba por la vereda y miraba para adentro del negocio era otro de los tantos amantes que había tenido mi ex durante nuestro noviazgo. Solo alguien que ha recibido ese desprecio en una mirada sabe lo que se siente. La sangre hierve. El cuerpo no es un tigre.
El programa de Andrés Kusnettzof, Perros de la calle, llevaba una década haciéndome compañía todas las mañanas en el negocio. Como otros miles de oyentes, yo sentía que formaba parte de ese equipo de radio. Eran lo más parecido que tenía a un grupo de amigos. De pie, junto a la radio, fantaseaba con estar ahí. Sentado en esa mesa. Aportando mis intereses. Mi humor -que en secreto consideraba mucho más inteligente y gracioso de lo que de hecho era, es-. Y, sobre todo, mi experiencia sobre ser un total perdedor. Experiencia que siempre le caía bien a mis interlocutores. Era reconfortante para los demás descubrir que el puesto de máximo perdedor ya estaba ocupado. De un modo proporcional e indeseable, eso contaba como ser insuperable en algo.
La mañana siguiente -o no tantas mañanas después- decidí que tenía que llamar la atención del líder de la radio. Si Andrés decidía que yo tenía que estar ahí, yo estaría. Así de sencillo. Así de imposible. Pero ¿cómo? Me acordé de una anécdota que cuenta Dante Spinetta sobre su padre quien le recomendó que le perdiera el respeto para tocar con él. Pero ¿cómo perderle el respeto a Andrés -creador de anécdotas- Kusnetzoff? Ninguna de mis palabras, tan débiles, podría rozar siquiera a uno de los tipos más expertos en hacer que las palabras pesen. Surfeé su perfil de Instagram como un sabueso. Entendí que si quería rozarlo tendría que decir algo tan insospechado que no pudiera ignorarlo. Algo que me pusiera por un segundo a su altura.
Unos días después, el tema que abordaban al aire me permitió reconocer una de esas grandes ideas de las que mi novia me hablaba a diario. Mandé un mensaje a la radio: “Esa mujer es psicótica”. En el maremagnum de premisas e ideas que construyen eso que los oyentes escuchamos como la conversación que sale al aire hicieron referencia a que, quizás, cierta persona era un genio y no lo sabía. Hablaban de mi mensaje. Yo lo sabía. Porque salía de la norma ¿Absolutamente incomprobable? Cierto. ¿Imposible? Imposible es nada. Cada persona que me conoce dice que soy inteligente, aunque yo no lo crea ni sepa demostrarlo. Pero, en serio: ¿quién hubiera dicho algo así -esa palabra- en un programa en el que, en diez años, nunca la habían puesto al aire?
Cuando volvieron de la tanda, estaban tratando de dilucidar algo de forma enigmática. Casi velada. Los oyentes no podíamos entender exactamente de qué estaban hablando. O, quizás, solo un pequeño grupo captaba el sentido. Yo captaba el sentido. Todo se dijo de modo indirecto y misterioso. Se sostuvo que, fuera lo que fuese, podía estar relacionado a un franco interés en la magia. Schultz sugirió que podía tratarse de un fanático de Boca Juniors que admira al gran ídolo Juan Román Riquelme: el mago del fútbol. En esa conversación, aunque evitaban decirlo, estaban haciendo referencia a mi nombre de usuario: @juanmagiaok. Había que esforzarse para no escucharlo.
Algunos días después, sin mencionar a esa persona, Cayetina sugirió que, quizás, no buscaba fama o reconocimiento. Andrés sentenció que no lo quería porque no sabía qué era. En ese momento de mi vida me negaba de un modo rotundo a la idea de obtener fama del tipo que fuera. Escondía un miedo irracional y atroz: una foto en la que estaba haciendo por completo el ridículo. No me importaba que fuese vista por muchos pero quería evitar volver a tenerla frente a mis propios ojos. Todavía temo esa posibilidad pero ya no lo rechazo. Me habían stalkeado. Me habían stalkeado lo suficiente como para descubrir esa foto que solo es importante por la historia que arrastra. Al pasar, Harry sentenció que desconfía un poco de la gente que no tiene grupos de amigos. Algo fácil de descubrir en mis redes. Al día siguiente, Andrés subió una foto un poco tonta, donde se lo veía comiendo pochoclos con la boca abierta. La confirmación de que me hablaban a mí. Mensaje claro: “solo es una foto”.
Hicieron un sorteo fuera de los lineamientos del programa. El premio: un par de entradas para ir a ver a Boca. Curioso. Había que ir a la cancha vistiendo la camiseta de la selección de Perú (idéntica a la de River). Habían descubierto que soy de River porque son periodistas y parte de su trabajo es descubrir cosas. Alguien, de nombre Fermín (yo soy Efraín, es casi un anagrama), llamó a la radio y ganó las entradas. Pero estaba bastante claro que era todo una pantomima. Yo tenía que ir a la radio a reclamarlas. Entrar el domingo a la cancha y tener, por fin, la entrevista con el gran Andy Kusnetzoff. El proceso era sencillo: retiraba las entradas en la radio; conseguía una camiseta de Perú y la tapaba con la de Boca; encima me ponía el traje clásico de CQC con anteojos y todo; iba a la cancha y grababa notas con los hinchas que me iban a tratar bien por ser “el de CQC”. Adentro, tendría que convencer a una gran cantidad de hinchas para que me dejen mostrar la camiseta de Perú. Esa imagen saldría en todos los medios. Un punto blanco con una banda roja en la marea azul y oro. El desafío era brillante. Pero me aterrorizaba conseguir algo tan fabuloso y perfecto. Indigno. Yo solo era un perdedor. No me animé a ir. Eso hacen los perdedores. Corría a mi favor que podía no haber escuchado el llamado.
Nadie más podía descifrar esas señales que se filtraban al aire, porque el único que alimentaba ese diálogo en clave era yo: dejaba migas de pan en forma de mensajes, en las redes de la radio y en las de cada uno de ellos.
En otro de los programas, decepcionado de mi mismo por haber dejado pasar la oportunidad de la cancha, hice un comentario y agregué que podían leer más al respecto en mi libro mítico Todo lo que usted siempre quiso saber sobre sexo y nunca se atrevió a preguntar. El locutor deslizó, sin que viniera demasiado a cuento: “siempre mete un bocado”. El bocado era invitarles a leer mi libro. Descubrí que toda la radio estaba al tanto. La invitación a entrar por la puerta grande estaba hecha. Pero yo no merecía ese privilegio. A fin de cuentas, seguía siendo un cornudo-cobarde-pito-corto.
Frío. Comienzos del otoño de 2018. Estaba trabajando. El mismo dolor del pasado me tumbó. Empecé a darle golpes al piso. Llanto. Casi llanto. No podía llorar ¿Llorar por quién? ¿Por gente que me despreció? Ridículo. En ese momento, la locutora empezó a describir a un oyente genérico que, rebasado por los problemas de la vida, se tiraba al piso y descargaba su malestar a golpes. Me quedé tieso. Absolutamente imposible. Dijo que todo ese dolor acabaría, porque al final siempre sale el sol. Me levanté. Salí a la vereda. Me estaban viendo. No había dudas. Los vehículos en la calle lucían sospechosos. Me acerqué. Sin contemplaciones miré a través de los cristales. Nada. Me veían igual. No había chances de que aquella sincronización fuese una casualidad. Adentro del negocio revisé cada rincón. Cámaras. Tenía que haber cámaras ¿Cómo? Nada. ¿Cómo habían hecho para estar viéndome?
Me sentí aturdido. Asustado. Teniendo en cuenta todo el diálogo secreto que la radio y yo veníamos desarrollando, no podía ser de otra manera. Yo era el único ser del cosmos. Tratando de descubrirse. Y todo lo demás -la charla cifrada, la foto absurda, la descripción radial e imposible- eran señales. No solo tenía la posibilidad, o incluso la obligación, de seguir esas señales. No iba a poder evitarlo.
Pero no me animaba a formar parte de ese equipo. No tenía la virtud obligatoria para estar en ese piso: valentía. La valentía para hacer el ridículo, si fuera oportuno o inevitable. Me conformé con pensar que mi padre tenía razón cuando me decía que no me preocupe tanto, que no existen trenes que pasen una sola vez.
Un día de Mayo o Junio. Porque atendía a alguien desatendí el programa durante media hora. Mientras iba y venía con los pedidos del cliente, escuché a Andrés afirmar que “alguien conoce a alguien”. Entonces, comprendí. Andrés había hablado con Miguel sobre aquel primer mensaje que describía la psicosis de la persona que estaban entrevistando en el estudio. El mensaje que develó mi genialidad. Porque Miguel era el analista de Andrés. O se conocían porque ambos estaban en la cima de lo suyo y vivían en los barrios bien del norte de la capital. O porque el papá de Andy los había contactado. Porque, en definitiva, ¿cuánta gente podía hacer ese comentario aquel día? El locutor sentenció -sin razón-: “te esperamos hasta diciembre”.
Dos semanas después. Psiquiatra. Diagnóstico. Empecé a tomar tres dosis de olanzapina por día. Me puso a dormir. Me dormí cuando empezaba el invierno. Desperté en verano. No recordaba nada de los mensajes. Ni de la radio. Incapacitado de ir al negocio, dejé de escucharlos. Llegó diciembre. No subí. Pasó diciembre, como los trenes, sin mí adentro. Solo dejé de ladrar.