Ser consciente es dudar
¿DE QUÉ HABLO CUANDO HABLO DE PISOCIS?
Ayer vi pasar un murciélago. Por un instante no supe si era Batman o Drácula. El que te salva o el que te condena. El héroe o el monstruo. No saber me llamó la atención. No el murciélago. La duda. Porque hubo un tiempo en que no habría dudado. Habría sabido. Habría leído ese vuelo como un signo de sentido fijo: advertencia, presagio, revelación. No habría habido juego entre dos posibilidades sino obediencia a una lectura. Y me pregunté si no habrá algo profundamente ligado a la conciencia en ese pequeño “no sé”. Si ser consciente no empieza ahí. En dudar.
No es una idea nueva. Socrates pensaba que la sabiduría comenzaba en saber que no se sabe. Descartes convirtió la duda en método. Y quizás ambos intuían algo elemental: que la conciencia no consiste en tener certezas sino en soportar que el sentido no está fijado. Ser consciente tal vez no sea ver más. Tal vez sea fijar menos. No adherir demasiado rápido a la primera interpretación que se nos ofrece. Y, sobre todo, no actuar en relación a esa interpretación inicial.
Ignorar no es solamente no saber, sino recortar ese no saber del resto de los elementos del cosmos y diferenciarlo para poder descubrir su razón de ser. Sobre todo, ignorar es saber que no se sabe. Y esta idea minúscula y en apariencia evidente es la piedra angular de la consciencia: ser consciente de no saber. Mientras no somos conscientes de lo que ignoramos, en realidad no lo ignoramos. Mientras ignoramos que ignoramos, no dudamos. Y donde no hay duda, la certeza puede ser tiránica.
Coelho en El Alquimista cuenta cómo su personaje interpreta el vuelo de unos pájaros como anuncio de un ataque. Me interesa que la interpretación que hace el joven del vuelo de unos pájaros tiene la forma de la revelación psicótica y lo mueve algo habitual en el pensamiento psicótico: la certeza. Y, por eso, decimos que el psicótico es inconsciente, porque no puede dudar, porque está convencido de que la interpretación que hace de la realidad es correcta aunque no pueda demostrarlo, aunque no sea correcta. La interpretación es única, excluyente, indiscutible. Entonces, no está interpretando un signo porque interpretar es apropiarse de una variación y este personaje no tiene otras opciones.
Me interesa pensarlo a partir de la psicosis. Muchas veces se dice que el psicótico interpreta signos. Yo diría otra cosa. No interpreta. Confirma. Porque interpretar supone alternativas. Y allí está precisamente lo que falta. Si cruzar cada mañana a un hombre barriendo la vereda significa que es un agente de la CIA que me vigila, y un día no aparece, eso no invalida la vigilancia. Solo prueba que ese no era el agente. La certeza no cae. Se reorganiza. Ese es su poder. No hay pregunta. Hay sistema.
Es inquietante pensar que cierta paranoia no nace de la nada sino que exagera una experiencia real: vivimos bajo formas de vigilancia. Cámaras, algoritmos, historiales, geolocalización, vecinos que miran, instituciones que registran. Michel Foucault vio que el poder moderno no siempre castiga; observa. Tal vez el problema psicótico no inventa desde cero la vigilancia, sino que absolutiza un clima que la cultura ya respira.
El psicótico verbaliza un devenir del cosmos como si él fuera un instrumento del acaecer universal en lugar de una persona que existe en eso que llamamos realidad. Quizás la diferencia entre conciencia y certeza delirante aparezca también ahí. No en advertir que existe vigilancia —porque existe— sino en creer que todo signo confirma exclusivamente que me apunta a mí. El problema no es percibir amenazas en el mundo, sino cuando el mundo entero se vuelve una máquina dirigida a leerme. Allí el panóptico deja de ser estructura social y se vuelve cosmología privada.
El problema no es el contenido del delirio sino el cierre del sentido. Como pensó Charles Sanders Pierce, un signo vive por sus relaciones y remite siempre a nuevas interpretaciones. Tal vez el problema psicótico empiece cuando un signo deja de admitir esa movilidad. Cuando un murciélago deja de poder ser muchas cosas. Y pasa a ser una sola. Para siempre.
Esta certeza que es producto de una sobresignificación responde a cuidar al sujeto de los peligros. De los peligros que el sujeto supone como tales. Porque es cierto que los elementos de la realidad significan y, por lo tanto, pueden ser leídos pero lo que también es cierto es que el significado de un signo es dinámico y es esta posibilidad la que está vedada para el psicótico. El psicótico no duda de sus interpretaciones porque sus interpretaciones lo mantienen a cierto resguardo. La duda, en este sentido, lo haría vulnerable y defenderse es erradicar esa vulnerabilidad. Para neutralizar los posibles ataques el sujeto debe adelantarse y para eso está en constante vigilancia.
La duda no es carencia. Es salud. No por indecisión. Sino por tolerancia a la ambigüedad. John Keats llamó a eso “negative capability”: la capacidad de permanecer en incertidumbre sin correr a cerrar sentido.
Lo llamativo es que muchas veces antes había visto murciélagos revoloteando en el jardín pero nunca había desarrollado este pensamiento cómico pero desde un punto de vista razonable: irracional. En oportunidades anteriores me había preguntado si era posible que se hubiese instalado algún nido de esa especie cerca. Entonces, este pensamiento, vale decir interpretación, llamativo y delirante, difícilmente no estuviese diciéndome algo. Algo que no puedo escuchar de otra manera. Freud escribió de un modo bastante poético que “nadie aparece por azar en nuestras vidas, que nos encontramos con aquellos que ya estaban en nuestro inconsciente” y a mí me gusta lacanizar esta idea diciendo que “nada nos sucede por azar, nos sucede aquello que ya estaba en nuestro inconsciente”. De esta posibilidad, puedo inferir que la interpretación que hice del vuelo de los murciélagos responde a algo que está en mi inconsciente.
La pregunta entonces es ¿cómo se relaciona esa lectura con la materialidad de mi psiquismo: la realidad? porque es dable pensar que nuestra realidad no tiene nada de original porque ya estaba en nuestro inconsciente.
Hoy estoy atravesando una tristeza espantosa, un pequeño duelo. En los últimos años con mis esposa invertimos todo nuestro tiempo y dinero en el proyecto de comunicación que llevamos adelante. Calculamos que nos retribuiría algún ingreso económico pero no es así. Apenas ingresa para colmar unos pequeños gastos. Pero en el camino tuvimos que desatender los que habían sido nuestros ingresos fijos porque requerían de nosotros mucho ánimo que ya no teníamos. Había que elegir y decidimos invertir los que eran todos nuestros ahorros en nuestro proyecto hasta que se nos acabó por completo el dinero. Esta situación nos obligó a cambiar a nuestros hijos del excelente colegio bilingüe al que iban a uno público. Llevé a cabo todas las maniobras necesarias para el cambio sólo porque mi esposa estaba tan deprimida que no podía salir de casa ni de la cama ni de su tristeza. Tristeza menos provocada por el cambio de colegio en sí mismo que por la encarnación de un fracaso que golpea el bienestar de ellos.
En este punto, me pregunto ¿Soy el héroe que toma las decisiones difíciles y, acaso, incomprensibles en favor de un fin mayor o soy el villano que toma decisiones egoístas sin pensar en los demás? ¿Soy Batman o Drácula? ¿Estoy dándoles a mis hijos el ejemplo de que hay luchar por nuestros sueños o estoy enseñándoles a actuar sin reparar en los demás? ¿Mis decisiones son para ellos una herramienta o un obstáculo? ¿Qué otra opción puede estar desarrollándose en ellos que yo no puedo ver? No lo sé. No sé si es el fin del mundo o el comienzo de algo inesperado. Ignoro las repercusiones de esta situación familiar. No hay sentido fijo.
Puede ser muchas cosas y eso es saludable.
Aunque, ahora que lo pienso mejor, no sé si era un murciélago.
Este texto forma parte del libro de ensayos de Efra “De qué hablo cuando hablo de psicosis”. Si querés leer el libro entero seguí este link
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