EMPATÍA NO ES SIMPATÍA: ESTAR DEL LADO DE LA VÍCTIMA NO DEMUESTRA, POR SÍ SOLO, QUE COMPRENDAMOS SU EXPERIENCIA

Karina Agüero

10/14/20264 min read

«Yo soy empática con el niño, pero no puedo ser empática con esa persona». Esta frase aparece con frecuencia cuando hablamos de situaciones que nos producen horror o indignación porque parece evidente que nos conmueve quien sufrió y rechazamos a quien identificamos como responsable, existiendo sin embargo allí una profunda confusión entre empatía, simpatía, compasión y juicio moral.

La empatía, en su dimensión cognitiva, implica intentar comprender la perspectiva de otra persona analizando qué piensa, qué siente, qué interpreta, qué teme y desde qué experiencia organiza aquello que hace, mientras que en su dimensión afectiva supone una respuesta emocional vinculada con el estado ajeno conservando siempre la distinción entre esa persona y nosotros, sin que comprender y responder emocionalmente garanticen aprobación ni ayuda. La simpatía, en este contexto, se refiere a una disposición afectiva favorable hacia alguien al sentir preocupación, cercanía o pena por lo que le sucede, sin significar solamente que alguien nos caiga simpático, mientras la compasión incorpora específicamente la preocupación por su sufrimiento y la motivación para aliviarlo, permitiendo reconocer que sentir por alguien y comprender su perspectiva no son exactamente lo mismo. Por eso, cuando alguien dice que es empática con el niño, necesitamos preguntarnos qué está describiendo exactamente, ya que si intentó comprender cómo ese niño experimentaba lo que le ocurría reconociendo sus temores y su manera particular de interpretar la situación, o si solo está expresando que le produce tristeza, desea protegerlo y considera injusto su sufrimiento. Estas últimas respuestas pueden expresar compasión y una posición de cuidado o acompañarse de empatía, pero apoyar a una víctima no demuestra por sí solo que hayamos comprendido su experiencia, del mismo modo que podemos querer ayudar a alguien y equivocarnos profundamente respecto de lo que necesita al proyectar nuestros propios sentimientos, recordando que la intensidad de nuestra emoción no garantiza la precisión de nuestra comprensión.

La confusión se vuelve especialmente visible cuando escuchamos afirmaciones categóricas como que «no se puede ser empática con Lindsay Clancy» , lo cual nos lleva a interrogar qué significa exactamente ser empática en esos casos, porque si significa aprobar, defender o sentir afecto estamos utilizando la palabra para nombrar otra cosa, dado que intentar comprender a una persona requiere investigar su perspectiva y su funcionamiento aunque aquello que se analiza nos resulte inadmisible.

Un investigador puede intentar reconstruir la lógica de un criminal sin compartir sus deseos, tal como enseña Jacques Lacan en su desarrollo sobre la estructura y la posición del sujeto, donde la práctica analítica no busca emitir juicios morales sobre las formaciones del inconsciente o los actos del sujeto, sino interrogar rigurosamente la lógica que los sostiene y su relación singular con el lenguaje y la ley. Un profesional puede estudiar cómo alguien interpretó una situación sin considerar verdadera esa interpretación, comprendiendo que entender cómo se produjo una conducta permite formular mejores preguntas sobre ella, lo cual demuestra que podemos rechazar un acto y al mismo tiempo procurar comprender a quien lo realizó.

Esto no significa que quien desarrolla empatía pueda ejercerla siempre, automáticamente y con todas las personas, ya que la empatía varía según el contexto, la motivación y nuestras propias reacciones, tal como lo demuestra el investigador Jamil Zaki en su influyente modelo de empatía motivada, donde estudia cómo la disposición a conectar con la perspectiva ajena no es un reflejo fijo, sino que está atravesada y modulada por incentivos, costos emocionales, esfuerzo y decisiones subjetivas. El rechazo moral puede dificultar ese esfuerzo o llevarnos a evitarlo, pero no define el límite conceptual de la empatía, pues que alguien nos resulte intolerable explica nuestra dificultad para intentar comprenderlo, pero no convierte el comprender en aprobar.

Si solamente reconocemos humanidad, sufrimiento o una perspectiva comprensible en quienes previamente consideramos merecedores de nuestro apoyo, nuestra comprensión queda condicionada por esa selección y pierde su rigor clínico. Y aquí está el punto central que desarrollo en mis ensayos sobre la estafa del psicópata narcisista y en los análisis sobre cómo se aprende a ser psicópata a partir de lo que Mindhunter puede enseñarnos: muchas veces nos atribuimos una gran capacidad empática porque nos conmovemos ante víctimas evidentes, una conmoción que puede ser muy valiosa pero que todavía requiere distinguir si estamos comprendiendo una experiencia ajena, sintiendo preocupación, queriendo ayudar o simplemente manifestando de qué lado nos posicionamos. Estas respuestas pueden coexistir, pero nombrarlas con precisión permite reconocer que la empatía no es un certificado de bondad ni una declaración de adhesión, sino que comprender al otro exige admitir que su experiencia puede ser diferente de la nuestra, incluso cuando nos cuesta profundamente acercarnos a ella.

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Autora: Karina Agüero

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