El Narcisista: cuando las etiquetas empiezan a explicarlo todo

Karina Agüero

10/5/202616 min read

En esta página insistimos permanentemente en algo básico: reconocer síntomas no es diagnosticar. Un delirio es un síntoma; la esquizofrenia es un diagnóstico. Una convulsión es un síntoma; una epilepsia refractaria es un diagnóstico. Las palabras importan y, si como profesionales no podemos explicar correctamente qué estamos nombrando cuando las utilizamos, tenemos dos posibilidades: no usarlas o aprender a explicarlas bien. Y esto requiere lo que en pedagogía se conoce como transposición didáctica: transformar un conocimiento especializado, complejo y producido dentro de un campo científico en un conocimiento que pueda ser enseñado y comprendido, sin deformarlo hasta convertirlo en otra cosa.

Hacer esa transformación requiere método, didáctica y decisiones pedagógicas; no consiste simplemente en “explicarlo más fácil”. Y quienes enseñamos o divulgamos también podemos equivocarnos, tanto en el contenido como en la manera de transmitirlo. La responsabilidad profesional no consiste en ser infalibles, sino en revisar lo que enseñamos, cómo lo enseñamos y qué puede comprender el otro a partir de nuestra explicación, evitando que una simplificación necesaria para enseñar termine convertida en una certeza clínica falsa.

En los últimos días se produjo un conflicto entre dos creadores de contenido: Ilay Ventura y Germán. No nos interesa establecer quién tuvo razón en esa discusión. Lo que nos interesa comienza después, cuando un conflicto entre dos personas empieza a ser explicado mediante una categoría clínica y esa explicación es reproducida por miles de personas.


Ilay publicó un reel sobre lo que denominó “narcisismo vulnerable” o “narcisismo encubierto”. El video comienza diciendo: “El narcisista vulnerable, o mejor llamado narcisista encubierto, es un subtipo de narcisismo que oculta el narcisismo mediante la victimización, la fachada de timidez, la inseguridad y la modestia. Son personas con autoestima frágil, victimización constante, y envidia y resentimiento”.


Después relata el conflicto que había tenido con Germán. Cuenta que luego de una discusión él se mostró muy afectado, que ella llegó a preocuparse por lo que pudiera pasarle, aceptó sus disculpas y las hizo públicas. Poco tiempo después, al verlo nuevamente bien, algo le llamó la atención y explica: “Sorpresivamente, poco tiempo después volvió a la normalidad. Eso me llamó la atención, así que tuve que hablarlo con un profesional. Y con esta profesional y muchas hipótesis llegamos a la idea de que esta persona es un narcisista vulnerable”. A partir de allí utiliza diferentes fragmentos de Germán para explicar otra característica que atribuye a este cuadro: una supuesta “empatía no recíproca”.


Finalmente aclara: “Este video no está hecho para escracharlo a él, sino para informar sobre tipos de personalidades”, agregando en la descripción que no se trata de un diagnóstico, sino de una observación. Pero justamente ahí comienza el problema que queremos analizar.

La información no empezó en las redes

Ilay cuenta algo importante: frente a una situación que no comprendía, recurrió a un profesional. No sabemos qué ocurrió exactamente en esa conversación privada ni qué palabras utilizó el especialista, pero lo que llegó al espacio público fue una hipótesis aparentemente sencilla: determinadas características —victimización, inseguridad, autoestima frágil, necesidad de empatía, envidia o resentimiento— permitirían pensar a una persona como un “narcisista vulnerable”.


Entonces, hay una pregunta anterior a TikTok o Instagram: ¿qué estamos enseñando los profesionales de la salud mental acerca del narcisismo? Porque hace años que las redes están inundadas de contenidos como cómo reconocer a un narcisista, cinco señales de que tu pareja es narcisista, así manipula un narcisista, qué hace un narcisista cuando pierde el control, cómo identificar a un narcisista encubierto y frases que utiliza un narcisista.


Y, lentamente, ocurre una transformación conceptual enorme: narcisismo se convierte en «narcisista», y esta palabra empieza a funcionar como si fuese un diagnóstico en sí mismo, capaz de explicar quién es una persona, qué siente, por qué actúa de determinada manera y hasta qué hará en el futuro.


¿Qué es el narcisismo?

En la teoría psicoanalítica, el narcisismo es la investidura libidinal del propio yo. Dicho más fácil: es la energía afectiva que una persona dirige hacia sí misma y que participa en la construcción y el sostenimiento de su propio yo. Para Freud, el narcisismo no es en sí mismo una patología, sino que forma parte del desarrollo psíquico.


En un primer momento, la libido se encuentra fundamentalmente investida en el propio sujeto (lo que Freud denomina narcisismo primario). Posteriormente, parte de esa libido puede dirigirse hacia los objetos, es decir, hacia otras personas y hacia el mundo exterior. Pero esa libido también puede retirarse de los objetos y volver a dirigirse hacia el yo, movimiento al que Freud denomina narcisismo secundario.


Por eso, cuando hablamos de narcisismo, no estamos hablando simplemente de alguien que “se quiere demasiado”, que es egoísta o que se considera superior. Estamos hablando de cómo se constituye y se sostiene el yo como objeto de amor e investidura y de cómo se distribuye la libido entre el propio yo y los otros.


Lacan retoma el problema desde la constitución de la imagen del yo. El sujeto construye una representación unificada de sí mismo mediante identificaciones y a partir de la relación con el otro. Por eso nuestra propia imagen nunca se constituye completamente en soledad: necesitamos del otro para llegar a reconocernos como un “yo”.


En una formulación sencilla: el narcisismo es una dimensión constitutiva del psiquismo mediante la cual el sujeto construye, inviste y sostiene una imagen de sí mismo, siempre en relación con los otros. Por eso todos tenemos narcisismo y presentacmos ciertas alteraciones en el mismo. Otra cuestión diferente son las formas que puede adoptar, sus alteraciones o el lugar que ocupa en distintas organizaciones psíquicas.


En LA ESTAFA DEL PSICÓPATA NARCISISTA se desarrolla extensamente cómo un concepto complejo terminó transformándose culturalmente en una etiqueta capaz de explicar casi cualquier comportamiento negativo. Y esto importa porque una alteración del narcisismo tampoco significa necesariamente lo mismo en todas las personas: desde una lectura estructural, podemos encontrar fenómenos narcisistas en organizaciones psíquicas diferentes, donde una conducta semejante desde afuera puede responder a mecanismos completamente distintos.


A qué se le llama «narcisista» hoy

En las redes, «narcisista» se convirtió casi en una categoría de persona. Se suele llamar así a alguien que manipula, necesita atención, se cree superior, se victimiza, tiene poca empatía, controla, miente, siente envidia, no acepta críticas, hace gaslighting, culpa a los demás o utiliza emocionalmente a su pareja.


El problema es que ninguna de esas conductas, por separado ni como simple lista, convierte automáticamente a alguien en una persona con Trastorno Narcisista de la Personalidad. Además, muchas son inespecíficas: una persona puede ser egoísta, manipuladora, violenta, muy insegura, demandante de atención o tener enormes dificultades para tolerar una crítica sin tener un Trastorno Narcisista de la Personalidad. Y ahí se produjo el desplazamiento que señalamos: narcisismo → rasgos narcisistas → «es narcisista» → explicación completa de la persona y son cosas completamente diferentes.

El problema del Trastorno Narcisista de la Personalidad

Acá aparece un problema que no nace en las redes sociales sino que también está en la forma en que el DSM construye sus diagnósticos.

El DSM-5-TR describe el Trastorno Narcisista de la Personalidad a partir de características como grandiosidad, necesidad de admiración, sentirse especial, creer que otros lo envidian, falta de empatía o utilización de los demás. El problema es que juntar una serie de síntomas o conductas no necesariamente explica el funcionamiento completo de una persona. Podemos ver qué hace, pero todavía no sabemos por qué lo hace y con el narcisismo esto puede producir una confusión enorme.

Una persona que está atravesando una psicosis puede tener su narcisismo profundamente alterado. Puede sentirse excepcional, creer que posee capacidades especiales, pensar que los demás hablan de ella, que la envidian, que intentan perjudicarla o interpretar las acciones de los otros siempre en relación consigo misma. Incluso puede estar construyendo un delirio.

No obstante, tenemos una imagen tan limitada de la psicosis que muchas veces no lo reconocemos. Una persona psicótica puede tener un excelente nivel cognitivo, estudiar, trabajar, expresarse muy bien y construir razonamientos complejos. Entonces, si no vemos a la persona que imaginamos cuando pensamos en “un psicótico”, tampoco reconocemos el delirio.

¿Y qué vemos en su lugar? Vemos a alguien “egocéntrico”, “manipulador”, “sin empatía”, “que piensa que todo gira alrededor suyo”, “que se cree superior” o “que siempre piensa que los demás están en su contra”. Y podemos terminar interpretando como maldad o narcisismo patológico lo que en algunos casos forma parte de una psicosis.

Este es uno de los problemas que desarrollamos en La estafa del Psicópata Narcisista y en nuestros análisis de Mindhunter: dos personas pueden hacer o decir cosas muy parecidas y, sin embargo, estar ocurriéndoles cosas completamente diferentes.

Desde la perspectiva estructural que trabajamos, las alteraciones del narcisismo pueden aparecer en neurosis, psicosis y perversión. En la neurosis también existen inseguridades, heridas narcisistas, necesidad de reconocimiento o dificultades con la propia imagen, aunque generalmente estas alteraciones no aparecen de una forma tan evidente ni resultan tan dañinas para los otros.

El problema más importante aparece cuando una misma categoría diagnóstica puede reunir funcionamientos completamente diferentes. Dentro de lo que el DSM puede clasificar como Trastorno Narcisista de la Personalidad podrían quedar agrupados tanto una persona con una psicosis descompensada y fuertes alteraciones del narcisismo como alguien que, desde el psicoanálisis, pensaríamos desde una estructura perversa y esto no es una diferencia teórica menor, tiene consecuencias gravísimas en la aplicación práctica.

Si lo que estamos viendo forma parte de una descompensación psicótica, estamos frente a una persona que necesita atención de salud mental. Puede necesitar evaluación psiquiátrica, medicación, psicoterapia y acompañamiento. En cambio, si estamos frente a otro funcionamiento psíquico como una persona perversa, las intervenciones no tienen efectos porque estan actuando desde la voluntad y la conciencia.

Por eso clasificar solamente por aquello que se ve puede confundir más de lo que ayuda. No alcanza con saber qué hace una persona: necesitamos comprender qué está produciendo eso que hace. Es decir, los mismos síntomas no siempre significan la misma cosa. Y si confundimos qué le pasa a una persona, también podemos equivocarnos respecto de qué necesita.


Una persona atravesando un episodio psicótico también puede presentar fenómenos megalomaníacos: puede «ser» considerada elegida, creer que posee capacidades extraordinarias o «ser» destinada a una misión excepcional. Desde afuera encontramos algo que se parece (la grandiosidad), pero comprender un fenómeno clínico no consiste solamente en describir cómo se ve desde afuera, sino preguntarse: ¿qué produce esa grandiosidad en ese sujeto?


Por eso, en EL ABC DE LOS DIAGNÓSTICOS EN SALUD MENTAL (Neurosis, psicosis y Perversión) distinguimos entre describir un fenómeno y preguntarnos por la organización psíquica desde la cual ese fenómeno se produce. Una misma conducta observable no necesariamente «es» lo mismo. Y esto nos devuelve a Germán.


¿Qué ocurrió después del reel?

Una categoría clínica había comenzado a circular: “narcisista vulnerable”, presentada con la “victimización constante” como uno de sus ejes. Después comenzaron a aparecer comentarios debajo de las publicaciones del propio Germán, tales como que dejara de hacerse la víctima, de hacerse el picante y después llorar; que ahí va una víctima, miren todos, él «es» una víctima de sus propios actos; que se mire con ojos de querer mejorar en vez de posicionarse en el lugar de la víctima autodestructiva; que es un actor de método; que dejar de victimizarte te suena; o que ande a agarrar la pala, eso quiero que haga.


Mientras tanto, cuando alguien le dice que con pedir perdón y retractarse estaría bien, Germán responde: “Ya lo hice, ya les pedí perdón miles de veces”. Hay también comentarios que intentan frenar el hostigamiento, personas que señalan que atravesó situaciones muy difíciles o que le recomiendan alejarse de las redes. Pero algo ya ocurrió: una categoría comenzó a organizar la lectura colectiva de una persona.


De una explicación a miles de personas repitiéndola

Este fenómeno merece especial atención: una persona habla de otra en una red con una audiencia importante y presenta una explicación clínica. Parte de esa audiencia se desplaza posteriormente hacia las redes de la persona mencionada y comienza a utilizar esa explicación en su contra. No hace falta que quien produjo el contenido haya ordenado explícitamente ir a atacar; las audiencias suelen hacerlo por su cuenta.


En internet, una acusación o una etiqueta puede movilizar a terceros que comentan, se burlan, insultan, exigen explicaciones o repiten una caracterización sobre la persona señalada. Eso produce algo diferente de una discusión entre dos personas: el conflicto cambia de escala, y alguien puede «ser» encontrado respondiendo simultáneamente a cientos o miles de desconocidos que no conocen su historia, no presenciaron los hechos completos y no realizaron ninguna evaluación clínica. Solo conocen una categoría —“narcisista vulnerable que se victimiza”— y empiezan a buscarla en todo lo que hace.


Cuando primero ponemos la etiqueta y después miramos a la persona

Imaginemos que ya sabemos algo de antemano: “Esta persona «es» un narcisista vulnerable que se victimiza”. Ahora observemos lo que hace: si llora, se victimiza; si cuenta algo doloroso, busca generar lástima; si pide comprensión, manipula; si responde a las críticas, necesita atención; si pide disculpas, intenta recuperar aprobación; si continúa angustiado, confirma su fragilidad narcisista; y si deja de estar angustiado rápidamente, eso también se usa como evidencia de que la angustia anterior «es» una actuación.


Aquí tenemos un problema fundamental: ¿qué podría hacer esa persona que demostrara que nuestra hipótesis «es» incorrecta? Si cualquier conducta posible puede reinterpretarse para confirmar la categoría inicial, dejamos de utilizar las conductas para evaluar una hipótesis y empezamos a utilizar la hipótesis para explicar todas las conductas. La explicación se vuelve circular.


¿German «es» o se «está» «haciendo la víctima»?

Este caso tiene además una particularidad que vuelve esa expresión especialmente problemática. Germán ha relatado públicamente una historia infantil y adolescente atravesada por situaciones extremadamente difíciles: institucionalización, desprotección, ausencia de figuras parentales, negligencia infantil, períodos en situación de calle y una historia familiar atravesada por problemas graves de salud mental. Es decir, Germán no necesita “hacerse” víctima para «ser» víctima: lo fue.

Esto tampoco significa avalar cualquier conducta por su historia. Y acá las palabras vuelven a importar. Explicar una conducta no es aprobarla; que una conducta encuentre una justificación en la historia de una persona no significa que esa conducta sea correcta ni que desaparezca su responsabilidad sobre ella.

Lo mismo ocurre con palabras como víctima, victimizarse y hacerse la víctima, que hoy se utilizan como si significaran lo mismo. Una persona puede haber sido víctima de situaciones traumáticas y posteriormente lastimar a otra. Puede ser víctima de una situación y responsable de otra. Puede haber sufrido muchísimo y, al mismo tiempo, tener que reconocer un daño, repararlo o pedir disculpas. Ser víctima y ser responsable no son posiciones incompatibles. Llamar “victimización” a cualquier expresión de sufrimiento, o “hacerse la víctima” a quien habla de algo que efectivamente padeció, vuelve a producir el mismo problema que venimos señalando: usamos palabras psicológicas sin detenernos a pensar qué significan.

El problema aparece cuando utilizamos “se victimiza” como explicación total, porque entonces deberíamos responder una pregunta mucho más difícil: ¿cómo distinguimos una estrategia de manipulación de la manera en que una persona cuya historia «está» atravesada repetidamente por experiencias reales de desprotección aprendió a «ser» y a posicionarse frente al conflicto, la culpa, el abandono o la demanda del otro? Eso no se responde mediante una lista de características ni mirando un reel.


¿Qué puede producir el hostigamiento masivo en una persona vulnerable?

Acá aparece una cuestión todavía más seria. El acoso digital no «es» simplemente “gente diciendo cosas feas en internet”. La investigación sobre cyberbullying y victimización digital encuentra asociaciones consistentes con: ansiedad, depresión, aislamiento, estrés, alteraciones emocionalmente complejas, autolesiones e ideación y conductas suicidas, especialmente entre adolescentes y adultos jóvenes. Si bien la evidencia no permite afirmar que un comentario determinado cause por sí solo alguno de estos desenlaces, muestra que la victimización digital «es» un factor de riesgo relevante.


Una revisión sistemática y metaanálisis con datos de más de 150.000 jóvenes encontró que quienes experimentaron cybervictimización presentaban mayores probabilidades de autolesiones, pensamientos suicidas y conductas suicidas en comparación con quienes no lo fueron. Investigaciones recientes también señalan que la desregulación emocional «es» uno de los mecanismos importantes mediante los cuales la victimización digital se relaciona con problemas internalizantes como ansiedad y depresión. Asimismo, la Organización Mundial de la Salud advierte que los entornos digitales pueden favorecer el aislamiento y el acoso, afectando seriamente la salud mental.


Esto se vuelve crítico cuando la persona que recibe cientos de mensajes ya presenta factores previos de vulnerabilidad. Una historia de trauma, aislamiento, problemas de salud mental o consumo no permite predecir exactamente qué hará alguien, pero debería hacernos comprender algo elemental: no sabemos qué efecto pueden tener cientos de mensajes sobre la persona que «está» del otro lado de la pantalla.


Y aparece una paradoja…

Supongamos que una persona ya «está» desregulada, recibe cientos de comentarios hostiles, se angustia todavía más y publica un video llorando. ¿Qué ocurre? Exactamente lo que muestran algunos de los comentarios al decir que “ahí va otra vez la víctima”.


De este modo, el efecto que el hostigamiento «está» produciendo sobre la persona corre el riesgo de «ser» convertido, a los ojos de quienes la hostigan, en nueva evidencia de la categoría que justificó el hostigamiento en primer lugar. Se genera así un circuito peligrosísimo: lo llamamos narcisista porque se victimiza, lo hostigamos, la persona se angustia, interpretamos su angustia como victimización, concluimos que efectivamente «es» un narcisista vulnerable. La categoría termina confirmándose a sí misma, y cuanto más intenta explicarse quien sufre, más material genera para quienes decidieron interpretar cada palabra desde esa etiqueta.


Una historia tampoco lo explica todo

También podemos cometer el error contrario. Debajo de sus publicaciones aparecen personas que conocen parte de su historia y sostienen que tuvo una vida terrible y que «es» un chico intentando sanar. Aunque puede parecer una lectura más empática, tampoco constituye por sí misma una explicación clínica.


Si reemplazamos “Hace esto porque «es» narcisista” por “Hace esto porque tuvo una infancia traumática”, caemos en el mismo problema. Una historia de abandono, institucionalización, violencia o enfermedad mental parental puede «ser» extraordinaria para comprender cómo se constituyó alguien, pero no existe una correspondencia automática y lineal entre una experiencia infantil específica y una estructura psíquica particular.


En ¿CÓMO LLEGASTE A SER QUIEN SOS? (La herencia, el cerebro, el lenguaje y los vínculos en la formación del psiquismo) trabajamos precisamente esta cuestión: comprender la historia de un sujeto no «es» encontrar una causa única que explique todo lo que hace.


El nacimiento del diagnóstico moral

La palabra “narcisista” empezó a ocupar en las redes un lugar que excede ampliamente al concepto técnico: se convirtió en una especie de diagnóstico moral. «Es» un término que parece comunicar simultáneamente que alguien manipula, no siente «ser» empático, se victimiza, miente, utiliza a los demás y hará daño. Una vez colocada esa etiqueta, cualquier comportamiento posterior «es» leído a través de ella.


Esto «es» exactamente lo que cuestionamos en LA ESTAFA DEL PSICÓPATA NARCISISTA. No porque neguemos la existencia de personas manipuladoras, ni porque todo sufrimiento justifique una agresión, ni porque no existan patologías graves del narcisismo. El problema «es» otro: una descripción de conductas no equivale a una explicación del funcionamiento psíquico que las produce.


Antes de buscar narcisistas, aprendamos qué «es» el narcisismo

Quizás tengamos que volver varios pasos atrás. Antes de preguntarnos cómo detectar un narcisista, necesitamos saber qué «es» el narcisismo, comprender por qué Freud habló de narcisismo primario y secundario, y diferenciar entre rasgos, alteraciones y categorías estructurales.


Necesitamos entender que aquello que observamos desde afuera puede adquirir significaciones completamente diferentes según la organización psíquica del sujeto. Entonces quizás podamos abandonar una pregunta que las redes nos enseñaron a formular constantemente: “¿Esta persona «es» narcisista?”. Y empezar a formular preguntas bastante más difíciles: qué le pasa, por qué responde de esa manera, qué función «es» cumplida por esa conducta para ese sujeto, qué lugar ocupa el otro, cómo se constituyó esa forma de relacionarse, y qué se repite y qué «pertenece» solamente a esta situación.


Porque el problema de llamar a alguien “narcisista” no «es» solamente que podamos equivocarnos. «Es» algo más profundo: podemos creer que finalmente entendimos a una persona cuando, en realidad, acabamos de dejar de preguntarnos por ella.


Para profundizar en este tema podés leer LA ESTAFA DEL PSICÓPATA NARCISISTA, EL ABC DE LOS DIAGNÓSTICOS EN SALUD MENTAL (Neurosis, psicosis y Perversión) y ¿CÓMO LLEGASTE A SER QUIEN SOS? (La herencia, el cerebro, el lenguaje y los vínculos en la formación del psiquismo). En nuestra plataforma también desarrollamos de forma específica otros materiales para recuperar los conceptos teóricos antes de «convertirlos» en simples etiquetas.


Conclusión

Las palabras llegan mucho más lejos de lo que creemos. Muchas veces recibo cuestionamientos porque se desconoce qué es la Psicopedagogía y cuáles son sus incumbencias. Sin embargo, justamente uno de nuestros objetos centrales es el sujeto en situación de aprendizaje. Para Marina Müller, la Psicopedagogía se ocupa de ese sujeto entendiendo que aprender compromete a la persona en su totalidad: en sus dimensiones cognitivas, afectivas, sociales y corporales. Y Alicia Fernández ubicaba nuestra disciplina precisamente en esa “amalgama” entre educación y salud mental, insistiendo además en una tarea fundamental: abrir sentidos allí donde los sentidos se han cerrado.

Por eso hay algo que como psicopedagoga me preocupa especialmente en salud mental: cada vez que un profesional le da palabras a un paciente para comprender lo que le ocurre, también está enseñando. Está produciendo un aprendizaje y palabras como psicosis, narcisismo, psicopatía, delirio, trauma, manipulación o victimización no quedan necesariamente dentro del consultorio: el paciente se las lleva, interpreta su experiencia a través de ellas, las utiliza para comprender a otros y muchas veces también las transmite. Acá aparece un problema pedagógico que me concierne que pocas veces discutimos: la formación de psicólogos y psiquiatras está centrada en sus respectivas disciplinas, pero no necesariamente incluye formación específica en pedagogía, didáctica o transposición didáctica, es decir, en cómo transformar un conocimiento especializado en un conocimiento enseñable sin deformarlo en el proceso.

Esto no significa que los psicopedagogos no podamos equivocarnos. Podemos equivocarnos en el contenido y podemos equivocarnos al enseñarlo. Pero precisamente por eso enseñar también implica una responsabilidad. Si utilizamos una palabra técnica, tenemos que preguntarnos qué entendió el otro cuando la escuchó y qué podrá hacer después con ella. Porque una explicación puede abrir preguntas o cerrarlas; puede permitir pensar o convertirse en una certeza. Y quizás allí la Psicopedagogía tenga algo especialmente importante para aportar a la salud mental: no solamente preguntarnos si aquello que dijimos es correcto, sino qué aprendió el otro a partir de lo que dijimos.


Fuente

Autora: Karina Agüero

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