¿Por qué psicólogos y psiquiatras dicen que «los psicópatas no tienen empatía»?

Karina Agüero

10/14/20265 min read

En redes sociales escuchamos con frecuencia que «los psicópatas no tienen empatía». La afirmación parece sencilla, pero reúne problemas diferentes y fundamentales: qué entendemos por empatía, cómo la investigamos, qué conclusiones podemos extraer de los resultados y, sobre todo, el grave error conceptual de meter dentro de la etiqueta genérica de «psicópata» funcionamientos psicóticos y estructuras perversas, lo que cambia absolutamente todo. En muchas explicaciones de divulgación masiva, una dificultad que aparece en determinados estudios termina convertida en una incapacidad absoluta, sepultando la complejidad clínica bajo una etiqueta moral que resulta tranquilizadora porque separa tajantemente a los «sanos» de los «monstruos» sin investigar la historia subjetiva ni el aparato psíquico.

Para comprender por qué esta simplificación es tan problemática y por qué se difunde erróneamente, necesitamos introducir las siguientes precisiones:

  1. La confusión estructural entre psicosis y perversión: Como desarrollo en mis análisis sobre los mal llamados «psicópatas narcisistas», reunir bajo una misma palabra conductas muy distintas borra los abismos clínicos. No es lo mismo alguien que goza del sometimiento del otro y manipula con plena conciencia desde una estructura perversa, que alguien cuyo lenguaje está fragmentado, cuya relación con la realidad se sostiene en respuestas alucinatorias, delirios o en la ausencia de un Otro simbólico (psicosis). Confundir estas estructuras trivializa el diagnóstico y distorsiona por completo lo que está en juego.

  2. La falta de consenso y la variabilidad en los estudios sobre empatía: No todos utilizan la palabra empatía para nombrar lo mismo, ya que algunos profesionales se refieren a la capacidad de comprender qué piensa o siente otra persona, otros hablan de la respuesta emocional que experimentamos frente a su estado y también hay quienes incluyen la preocupación por su bienestar y la motivación para ayudarla. Además, existen investigaciones que encuentran dificultades empáticas, pero eso no demuestra una ausencia total y uniforme. Tal como lo evidencia un metaanálisis publicado por Gao y Raine (2022) (Biological Psychiatry: Cognitive Neuroscience and Neuroimaging), las muestras con mayores puntuaciones de psicopatía presentaban dificultades más pronunciadas en empatía afectiva que cognitiva, variando además según las dimensiones evaluadas. Esto describe diferencias entre grupos y relaciones estadísticas, pero no permite afirmar que cada individuo sea incapaz de comprender cualquier experiencia ajena, transformando erróneamente una diferencia promedio en la falsa premisa de que «estas personas no tienen empatía» y borrando la variabilidad individual.

  3. Disposición espontánea versus activación explícita: Disponer de una capacidad y ponerla en juego espontáneamente no son lo mismo. Como demostraron Meffert y colaboradores (2013) (Brain) en su investigación sobre respuestas cerebrales en participantes con psicopatía, las diferencias en la activación neuronal frente al sufrimiento ajeno se reducían significativamente cuando se les pedía explícitamente que intentaran empatizar. Este resultado cuestiona la explicación basada en una incapacidad absoluta y obliga a investigar también la atención, la motivación y las condiciones que favorecen o dificultan una respuesta, en lugar de asumir un déficit estático e inmodificable.

  4. La manipulación y los límites de la teoría de la mente: La manipulación exige precisar qué se comprende y cómo se utiliza, puesto que si alguien reconoce que otra persona teme ser abandonada y utiliza ese temor para presionarla, ha identificado una vulnerabilidad sin necesidad de experimentar compasión por su bienestar. Sin embargo, esto tampoco demuestra una comprensión omnipotente u omnipresente, ya que un metaanálisis realizado por Book, Costello y Camilleri (2007) (Journal of Forensic Sciences) sobre habilidades sociales y cognitivas en rasgos psicopáticos muestra matices y limitaciones en tareas complejas de teoría de la mente, demostrando que no corresponde reemplazar el extremo «no comprenden nada» por el mito de que «comprenden perfectamente a todo el mundo».

  5. El error de reducir el cerebro adulto a un origen innato: El cerebro que observamos después de veinte, treinta o cuarenta años de vida no constituye una fotografía del cerebro al nacer. Tal como lo planteo en «¿Cómo se aprende a ser psicópata? Lo que Mindhunter puede enseñarnos sobre cómo se construye un criminal», la experiencia participa de manera activa en el desarrollo cerebral. Las investigaciones sobre adversidad temprana y estrés —como las revisiones de Teicher y colaboradores (2003) (Neuroscience & Biobehavioral Reviews) sobre el cuerpo calloso y regiones límbicas, los hallazgos de Bauer y colaboradores (2009) (Biological Psychiatry) sobre el cerebelo, el metaanálisis de Lim, Radua y Rubia (2014) (American Journal of Psychiatry) sobre reducción de materia gris, o el trabajo de Hein y Monk (2017) (Journal of Child Psychology and Psychiatry) sobre la reactividad de la amígdala— muestran asociaciones entre maltrato y diferencias cerebrales, pero son estrictamente correlacionales. Como advierten Teicher, Tomoda y Andersen (2006) (Annals of the New York Academy of Sciences), estos estudios no establecen por sí mismos una causalidad innata fija, ya que los cuidados y las intervenciones tempranas (como los estudios de acogimiento familiar de Humphreys y colaboradores) demuestran que las condiciones ambientales moldean el desarrollo, exigiendo investigar la historia de aprendizaje entre el nacimiento y la conducta adulta en lugar de asumir un destino inmodificable.

Referencias y lecturas sugeridas

  • Bauer, P. M., Hanson, J. L., Pierson, R., Davidson, R. J., & Pollak, S. D. (2009). Cerebellar volume and cognitive functioning in children who experienced early deprivation. Biological Psychiatry, 66(12), 1100–1106.

  • Book, A., Costello, K., & Camilleri, J. (2007). Psychopathy and theory of mind. Journal of Forensic Sciences, 52(4), 938–944.

  • Gao, Y., & Raine, A. (2022). Synaptic and cognitive deficits in psychopathy: A meta-analysis of empathy. Biological Psychiatry: Cognitive Neuroscience and Neuroimaging.

  • Hein, T. C., & Monk, C. S. (2017). Research Review: Neural response to threat in children, adolescents, and adults after child maltreatment—a quantitative meta-analysis. Journal of Child Psychology and Psychiatry, 58(3), 222–230.

  • Humphreys, K. L., et al. (Investigaciones sobre acogimiento familiar e intervención temprana en privación institucional y desarrollo cerebral).

  • Lim, L., Radua, J., & Rubia, K. (2014). Gray matter abnormalities in childhood maltreatment: A voxel-wise meta-analysis. American Journal of Psychiatry, 171(8), 854–863.

  • Meffert, H., Gazzola, V., Den Boer, J. A., Bartels, A. A., & Keysers, C. (2013). Reduced spontaneous but relatively intact deliberate vicarious representations in psychopathy. Brain, 136(8), 2550–2562.

  • Teicher, M. H., Andersen, S. L., Polcari, A., Anderson, C. M., Navalta, C. P., & Kim, D. M. (2003). The neurobiological consequences of early stress and childhood maltreatment. Neuroscience & Biobehavioral Reviews, 27(1–2), 33–44.

  • Teicher, M. H., Tomoda, A., & Andersen, S. L. (2006). Neuroimaging studies of early stress and maltreatment: methodological considerations and clinical implications. Annals of the New York Academy of Sciences, 1071(1), 229–245.

  • Textos y ensayos relacionados de la autora:

Fuente

Autora: Karina Agüero

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