¿Por qué el psicópata «no existe» como diagnóstico?
¿Por qué quitaron la palabra «psicópata» de los diagnósticos y qué problemas intentaban resolver?
La palabra «psicópata» circula como si nombrara un diagnóstico preciso. En redes sociales, además, suele combinarse con «narcisista» para explicar mentiras, violencia, control o maltrato.
Sin embargo, «psicópata» y «psicópata narcisista» no son categorías diagnósticas independientes del DSM ni de la CIE. La psicopatía sí tiene usos técnicos en investigación y evaluación forense, y el modelo alternativo de personalidad del DSM-5 contempla características psicopáticas dentro del trastorno antisocial. Eso es diferente de la etiqueta que se utiliza cotidianamente para describir a alguien.
Para comprender esta diferencia necesitamos revisar la historia y preguntarnos qué explica realmente una clasificación.
¿Cuándo cambió el nombre?
No hubo una categoría independiente llamada «psicópata» que el DSM-III simplemente eliminara en 1980. Hubo una reorganización progresiva de las denominaciones y los criterios.
EdiciónAñoDenominación utilizadaDSM-I1952Perturbación sociopática de la personalidad, con subcategorías como reacción antisocial.DSM-II1968Personalidad antisocial.DSM-III1980Trastorno antisocial de la personalidad, con criterios diagnósticos explícitos.
El DSM-I ya aclaraba que «reacción antisocial» incluía casos anteriormente denominados «personalidad psicopática» y «estado psicopático constitucional», pero con una aplicación más restringida y específica. Por eso, el desplazamiento de aquellas denominaciones es anterior a 1980.
¿Qué problemas intentaban resolver?
Uno de los problemas era que las denominaciones disponibles abarcaban situaciones demasiado diferentes. El prólogo del DSM-I explica que, durante la Segunda Guerra Mundial, algunas dificultades relativamente menores de personalidad terminaban clasificadas como «personalidad psicopática» porque el sistema no ofrecía categorías adecuadas para lo que los profesionales encontraban.
El mismo manual advertía algo importante: las manifestaciones sociopáticas podían expresar problemas subyacentes, entre ellos neurosis, psicosis o enfermedades cerebrales. Pedía investigar esas posibilidades antes de establecer el diagnóstico. Reconocía que observar una conducta no alcanzaba para comprender qué la producía.
En 1980, el DSM-III incorporó criterios explícitos para precisar los diagnósticos y facilitar su utilización clínica y en investigación. También intentó mantener una posición neutral respecto de las causas de los trastornos.
Según explicó Robert Hare, una razón para privilegiar conductas observables fue que se consideraba más sencillo acordar sobre ellas que medir ciertos rasgos de personalidad. Pero él mismo cuestionó el resultado: personas con personalidades, actitudes y motivaciones diferentes podían terminar compartiendo un diagnóstico.
El problema de diagnosticar solamente por lo observable
Podemos coincidir en que una persona controla, amenaza o agrede. Pero ese acuerdo todavía no explica cómo interpreta la situación, qué intenta conseguir ni qué funcionamiento sostiene su conducta.
Imaginemos a Martín y a Diego. Martín revisa el teléfono de su pareja para intimidarla y restringir sus vínculos, aunque reconoce que sus acusaciones son falsas. Diego también revisa un teléfono, pero, en este ejemplo, su evaluación permite reconocer una certeza delirante de infidelidad: interpreta mensajes cotidianos como pruebas de una traición.
La conducta visible puede parecer semejante. Sin embargo, cambia su explicación clínica cuando cambia la relación con la realidad y aquello que la impulsa. Esa diferencia importa para comprender el problema y orientar la intervención.
Investigar las motivaciones exige más que preguntar «¿por qué lo hiciste?». Necesitamos escuchar el discurso, reconstruir la historia y comprender qué lugar tiene el otro en ese funcionamiento. Comprenderlo tampoco equivale a justificar el daño.
Mi planteo sobre el «psicópata narcisista»
En mi ensayo La estafa del psicópata narcisista cuestiono que esa etiqueta reúna manifestaciones que pueden responder a organizaciones psíquicas diferentes.
Desde la lectura estructural que desarrollo, necesitamos distinguir, por ejemplo, una conducta sostenida por una certeza delirante de otra que utiliza deliberadamente al otro como instrumento. Llamarlas de la misma manera puede ocultar precisamente aquello que necesitamos investigar.
La crítica histórica de Hare y mi planteo pertenecen a marcos diferentes, pero permiten formular una pregunta común: ¿estamos comprendiendo un funcionamiento o agrupando personas porque sus conductas se parecen?
Desarrollamos esta diferencia en «El problema del diagnóstico por síntomas» y en El ABC de los diagnósticos en salud mental.
También trabajamos estas herramientas en el Curso de Psicoeducación Troncal y el Curso Abreviado de Psicoeducación, para que los nombres ayuden a comprender y acompañar, en lugar de cerrar las preguntas sobre una persona.
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Fuente
El ABC de la salud mental
Autora: Karina Agüero


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