Mundo organizado lingüisticamente
Decir que vivimos en un mundo organizado lingüísticamente no significa simplemente que las cosas tienen nombres. Significa algo mucho más profundo: cuando llegamos al mundo, ese mundo ya fue interpretado, clasificado, relacionado y cargado de significados por otros. No nacemos frente a una realidad completamente neutra que primero conocemos y a la que después aprendemos a ponerle palabras. Nacemos dentro de un mundo que ya habla.
Antes de que un niño pueda decir “mamá”, alguien ya ocupa para él ese lugar y responde a ese nombre. Antes de que pueda comprender qué significa peligro, los adultos reaccionan frente a determinadas situaciones como peligrosas. Hay objetos que puede tocar y otros que no; personas conocidas y desconocidas; lugares propios y ajenos; conductas esperadas y prohibidas. El lenguaje estaba allí antes de que pudiera utilizarlo.
Por eso aprender una palabra no consiste solamente en asociar un sonido con un objeto. Cuando un niño aprende la palabra “perro”, no incorpora únicamente una etiqueta para determinado animal. Aprende progresivamente qué cosas pertenecen a esa categoría y cuáles no, qué relación puede establecer con ellas, qué significa que un perro sea propio o ajeno, peligroso o amigable, real o imaginario. Cada palabra se incorpora dentro de una red de otras palabras y relaciones que permiten organizar la experiencia.
Pensemos en algo tan sencillo como una puerta. Materialmente podemos describirla como un conjunto de madera, metal, vidrio u otros elementos. Pero nosotros no percibimos solamente esos materiales: vemos una puerta. Sabemos que separa espacios, que puede abrirse o cerrarse, que podemos atravesarla, que algunas puertas podemos abrirlas y otras no. Una puerta cerrada puede significar privacidad, prohibición, seguridad, encierro o simplemente que alguien no quiere que entre frío. El objeto material existe, pero el mundo humano que construimos alrededor de ese objeto está organizado por significados.
Lo mismo sucede con dimensiones mucho menos materiales. Ser hijo, amigo, pareja, docente, extraño o vecino no es una propiedad física de una persona. Son lugares construidos dentro de relaciones que podemos reconocer porque existen categorías, reglas y significados compartidos. Tampoco podríamos encontrar físicamente en el mundo “una promesa”, “una deuda”, “una traición”, “una frontera” o “un matrimonio”. Sin embargo, esas construcciones producen consecuencias muy reales sobre nuestra vida.
El lenguaje no es solamente una herramienta para contar lo que pensamos
Solemos imaginar que primero observamos la realidad, después pensamos acerca de ella y finalmente utilizamos palabras para comunicar ese pensamiento. Desde la perspectiva que proponemos en El lenguaje como origen de la psicosis, esa secuencia resulta insuficiente. El lenguaje no aparece al final del proceso para traducir un pensamiento ya terminado: participa desde el comienzo en la posibilidad misma de organizarlo.
Las palabras permiten establecer diferencias, reunir experiencias dentro de una misma categoría, relacionar acontecimientos separados en el tiempo y construir explicaciones sobre lo ocurrido. Gracias al lenguaje algo puede ser causa de otra cosa, una experiencia presente puede relacionarse con una pasada y aquello que todavía no ocurrió puede ser imaginado, anticipado o temido.
Por eso tampoco existe un ser humano que primero se encuentre completamente fuera del lenguaje y luego ingrese en él. Incluso antes de hablar, el niño ya está siendo hablado por otros. Tiene un nombre que no eligió, ocupa lugares dentro de una familia, existen expectativas sobre él y sus gestos son interpretados: “tiene hambre”, “está cansado”, “se asustó”, “quiere que lo alcen”. Los otros comienzan a otorgar significado a su experiencia antes de que pueda hacerlo por sí mismo.
Habitar un mundo de significados
Decir que el mundo humano está organizado lingüísticamente no implica negar la existencia de una realidad material. Una piedra continúa existiendo aunque nadie la nombre. Lo que señalamos es que la experiencia humana de esa realidad nunca se reduce a recibir pasivamente estímulos provenientes del exterior. Los reconocemos, diferenciamos, relacionamos e interpretamos desde sistemas de significados que aprendimos con otros.
El lenguaje hace posible que una enorme cantidad de acontecimientos diferentes no aparezcan como hechos completamente aislados, sino como partes de un mundo relativamente organizado y comprensible.
Y precisamente por eso esta idea resulta fundamental para pensar el psiquismo. Si nuestra relación con nosotros mismos, con los otros y con la realidad se construye dentro de redes de significados, comprender cómo una persona organiza lingüísticamente su experiencia permite acercarnos también a cómo construye su realidad.
No vivimos primero y nombramos después. Desde el comienzo de nuestra historia, vivimos entre cosas que ya fueron nombradas, diferenciadas y relacionadas por otros. Después aprenderemos a utilizar esas palabras, a discutirlas, modificarlas e incluso inventar otras.
Pero cuando pronunciamos nuestra primera palabra, el lenguaje llevaba mucho tiempo esperándonos.
Fuente
El ABC de la salud mental
Autora: Karina Agüero


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