¿Qué es la sobreimplicación emocional?
La sobreimplicación emocional es una forma de relación caracterizada por una participación afectiva excesiva en la vida de otra persona, que puede expresarse mediante sobreprotección, dramatización, preocupación constante, control o dificultad para reconocer su autonomía. Es una de las tres dimensiones que componen la Emoción Expresada Alta, junto con el criticismo y la hostilidad.
A diferencia de estas últimas, la sobreimplicación emocional puede ser más difícil de reconocer porque muchas de sus manifestaciones aparecen asociadas al amor y al cuidado. Quien sobreprotege puede hacerlo porque teme que algo malo suceda; quien controla puede estar convencido de que está ayudando; quien intenta resolver permanentemente los problemas del otro puede creer que simplemente está acompañándolo.
Sin embargo, sentir preocupación por alguien y sobreimplicarse emocionalmente no son lo mismo.
El problema no está en querer, acompañar o preocuparse, sino en aquello que ocurre cuando la preocupación comienza a ocupar el lugar de la autonomía del otro. La persona deja progresivamente de ser alguien capaz de tomar decisiones, equivocarse, aprender, asumir responsabilidades o desarrollar recursos propios y pasa a convertirse en alguien que necesita ser permanentemente vigilado, protegido o dirigido.
Por eso, en el texto ¿Qué es la psicoeducación?, la sobreimplicación se explica a partir de una serie de distinciones fundamentales: el dramatismo no es empatía, el control no es cuidado y la invasión no es protección. El vínculo no puede evaluarse solamente por aquello que una persona siente o por sus buenas intenciones, sino también por la manera en que ese sentimiento se ejerce y por los efectos que produce sobre el otro.
Esto adquiere especial importancia cuando un integrante de una familia atraviesa un trastorno mental. El miedo a una recaída, a una crisis o a que la persona sufra puede llevar a quienes la rodean a incrementar la vigilancia: observar permanentemente qué hace, anticiparse a todas sus dificultades, decidir por ella o interpretar cualquier cambio como una posible señal de descompensación.
Paradójicamente, un intento de proteger puede terminar transmitiendo otro mensaje: “vos no podés solo”.
Cuando ese mensaje se repite en las prácticas cotidianas, puede dificultar que la persona recupere espacios de decisión, responsabilidad y confianza en sus propios recursos. Acompañar, entonces, no significa hacer todo por el otro ni eliminar cualquier posibilidad de frustración o dificultad.
Hablar de sobreimplicación emocional tampoco significa culpabilizar a las familias. Muchas veces estas formas de vincularse se construyen precisamente después de haber atravesado situaciones de enorme incertidumbre, miedo o sufrimiento. Comprenderlas permite preguntarse si aquello que comenzó como una respuesta necesaria continúa siendo útil o si el vínculo necesita reorganizarse.
La diferencia fundamental está entre acompañar a alguien y sustituirlo. Cuidar puede implicar estar disponible, ofrecer ayuda, construir apoyos y reconocer dificultades reales, sin ocupar permanentemente el lugar del otro.
Porque ayudar a una persona no consiste solamente en evitar que algo le suceda. También puede significar acompañarla mientras recupera la posibilidad de hacer, decidir, aprender y construir autonomía.
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