¿Qué diferencia existe entre ignorar y saber que ignoramos?
CONCIENCIACERTEZADUDA
Ignoramos una cantidad incalculable de cosas. No sabemos qué está haciendo en este momento una persona que vive a tres cuadras de nuestra casa, cuántos granos de arena hay en una playa ni qué palabra vamos a pronunciar exactamente dentro de tres días a las cuatro de la tarde. Sin embargo, ninguna de esas ignorancias nos produce necesariamente una pregunta. Podemos no saber algo sin siquiera advertir que no lo sabemos.
Por eso, ignorar y saber que ignoramos no son exactamente lo mismo.
La diferencia aparece cuando conseguimos identificar un vacío dentro de aquello que conocemos. Si encuentro una caja cerrada puedo ignorar qué contiene. Pero recién cuando me pregunto “¿qué habrá adentro?” ese desconocimiento adquiere una forma. Ahora sé algo acerca de mi propio conocimiento: sé que hay algo que no sé.
Parece una diferencia insignificante, pero cambia completamente nuestra posición frente a la realidad.
Para preguntar necesitamos haber descubierto primero una ausencia. Una pregunta no nace solamente de la curiosidad; nace del reconocimiento de que nuestra explicación está incompleta. Cuando preguntamos “¿por qué ocurrió esto?”, ya realizamos una operación previa: advertimos que todavía no conocemos suficientemente sus causas.
En ese sentido, saber que ignoramos es una forma particular de saber.
No sabemos la respuesta, pero conocemos el límite de nuestro conocimiento.
Esta posibilidad introduce una distancia entre nosotros y nuestras propias explicaciones. Podemos pensar: “Esto es lo que entiendo hasta ahora, pero podría faltarme algo”. Y ese pequeño resto que dejamos afuera permite que aparezcan información nueva, otras hipótesis y relaciones que inicialmente no habíamos considerado.
El problema de la certeza absoluta no consiste simplemente en estar muy convencidos. Consiste en que puede borrar ese resto.
Imaginemos que una persona entra a una habitación y dos personas dejan de hablar. El acontecimiento es sencillo: estaban conversando y, cuando entró, hicieron silencio. A partir de ahí pueden construirse muchas explicaciones. Quizás hablaban de ella. Quizás terminaron justo en ese momento. Quizás estaban discutiendo algo privado. Quizás una de ellas simplemente perdió el hilo de lo que estaba diciendo.
“No sé por qué se callaron” mantiene abierto el acontecimiento.
“Se callaron porque estaban hablando de mí” lo organiza bajo una interpretación.
Pero todavía podemos agregar: “Creo que estaban hablando de mí, aunque no lo sé”. En esa frase conviven una interpretación y el reconocimiento de un límite. La persona puede sospechar, incluso puede tener razones para hacerlo, pero todavía distingue aquello que piensa de aquello que puede afirmar.
Esa distinción es fundamental.
La realidad no se presenta acompañada por un manual que explique el significado de cada acontecimiento. Somos nosotros quienes establecemos relaciones, inferimos intenciones, reconocemos patrones y construimos explicaciones. Necesitamos hacerlo para vivir. El problema no es interpretar. Interpretamos permanentemente.
El problema aparece cuando dejamos de reconocer que estamos interpretando.
Entonces una posibilidad puede adquirir el estatuto de un hecho y la pregunta desaparece antes de haber sido respondida.
Esto permite comprender por qué el “no sé” puede ser mucho más que una ausencia de información. Puede funcionar como un límite que el sujeto consigue introducir frente a su propia producción de sentido. Entre el acontecimiento y la explicación queda un espacio todavía no conquistado por ninguna certeza.
Ese espacio hace posible investigar.
También hace posible corregirse.
Si estoy convencido de que alguien está enojado conmigo pero admito que puedo estar equivocado, su comportamiento posterior puede modificar mi interpretación. Si descubro que tuvo un problema completamente ajeno a mí, puedo reorganizar lo que había pensado. La información nueva tiene dónde entrar.
Cuando una explicación no admite ningún vacío, en cambio, incluso aquello que debería contradecirla puede terminar incorporándose a ella. Si no respondió porque está enojado conmigo, su silencio lo demuestra. Si finalmente responde amablemente, puedo concluir que está fingiendo para ocultar su enojo. La explicación ya no está siendo puesta a prueba por la realidad: empieza a utilizar cada elemento de la realidad para confirmarse.
Por eso, ser consciente de nuestra ignorancia no significa vivir desconfiando de todo lo que sabemos. Significa conservar la posibilidad de reconocer dónde termina aquello que podemos afirmar y dónde empieza aquello que estamos suponiendo.
Ignorar es inevitable.
Saber que ignoramos, en cambio, es una conquista del pensamiento.
Porque solamente cuando encontramos el borde de nuestro saber podemos mirar más allá de él y formular una pregunta.
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