¿Podemos pensar algo que nunca pudimos nombrar?

Efrain Rodas

12/31/20263 min read

Podemos sentir algo sin saber cómo se llama. Podemos percibir una diferencia sin poder explicarla, experimentar un malestar que no comprendemos o incluso tener la sensación de que “hay algo” que todavía no conseguimos poner en palabras.

Pero ¿eso significa que podemos pensarlo?

Una experiencia puede existir antes de que encontremos una palabra precisa para nombrarla. Sentimos el cuerpo, percibimos imágenes, recordamos escenas, experimentamos emociones. Sin embargo, nombrar introduce algo nuevo: permite recortar una experiencia, diferenciarla de otras y convertirla en algo sobre lo que podemos pensar.

Imaginemos a alguien que durante años experimenta una sensación difícil de explicar frente a determinadas situaciones. Puede sentir angustia, tensión corporal o deseos de alejarse sin comprender qué ocurre. Un día encuentra una palabra que organiza aquello que venía experimentando.

La palabra no creó la experiencia.

Pero tampoco se limitó a colocarle una etiqueta.

Desde ese momento puede reconocerla cuando aparece, compararla con otras experiencias, preguntarse por qué sucede, hablar de ella, recordar cuándo la sintió anteriormente y anticipar situaciones en las que podría volver a aparecer.

Lo innombrado podía ser experimentado. Al ser nombrado, adquiere una nueva posibilidad de ser pensado.

No nacemos fuera del lenguaje

Esto no significa que primero exista una persona completamente ajena al lenguaje, llena de experiencias puras, y que después alguien le enseñe sus nombres.

Cuando nacemos, el lenguaje ya estaba ahí.

Antes de que un niño pueda nombrar lo que siente, otros lo hacen por él: “tenés hambre”, “te asustaste”, “estás enojado”, “te duele”.

El niño recibe palabras para comenzar a organizar experiencias que todavía no puede nombrar por sí mismo.

También recibe categorías para organizar el mundo: mamá, papá, mío, tuyo, antes, después, permitido, prohibido.

Por eso aprendemos a pensar dentro de un universo simbólico que nos precede.

No inventamos individualmente las palabras con las que pensamos. Las recibimos de otros.

Las palabras permiten establecer diferencias

Pensemos en algo tan cotidiano como los colores.

Percibir diferencias visuales y disponer de categorías lingüísticas para organizarlas no son exactamente la misma operación. Una palabra permite agrupar ciertas experiencias y distinguirlas de otras.

Algo semejante ocurre con nuestra vida psíquica.

No es lo mismo experimentar un malestar indiferenciado que poder decir:

“estoy triste”.

“estoy asustado”.

“estoy celoso”.

“estoy avergonzado”.

Nombrar introduce diferencias.

Y esas diferencias amplían nuestras posibilidades de pensamiento.

Cuando algo puede ser nombrado, también puede relacionarse con otras cosas. Podemos preguntarnos por sus causas, recordar sus antecedentes, imaginar sus consecuencias o comunicarlo a otra persona.

La palabra permite que una experiencia se incorpore a una red de significados.

¿Entonces no podemos pensar sin palabras?

No exactamente.

Reducir todo pensamiento a una especie de voz interior formada por oraciones sería demasiado simple. Podemos pensar mediante imágenes, sensaciones, recuerdos, relaciones espaciales y otras formas de representación.

Pero tampoco deberíamos concluir por eso que el lenguaje solamente aparece después para contar un pensamiento que ya estaba completamente construido.

El lenguaje participa en su organización.

Hay una diferencia entre experimentar algo y poder tomarlo como objeto de pensamiento.

Podemos tener una sensación que todavía no comprendemos. Podemos incluso buscar una palabra y decir: “no sé cómo explicarlo”.

Esa frase resulta especialmente interesante.

Sabemos que hay algo que no podemos nombrar.

Y precisamente porque disponemos de lenguaje podemos reconocer esa ausencia, rodearla con otras palabras, compararla, formular preguntas y buscar un nombre.

Incluso podemos crear uno.

Nombrar también transforma

Cuando aparece una palabra nueva, no solamente aumenta nuestro vocabulario. A veces aparece una distinción que antes no podíamos realizar de la misma manera.

Esto ocurre individualmente, pero también socialmente.

Las sociedades crean palabras para fenómenos que necesitaban distinguir, discutir o volver visibles. Una vez que existe un nombre compartido, podemos hablar de aquello con otros, discutir su significado y producir conocimiento alrededor de ello.

Por eso el lenguaje no funciona simplemente como un conjunto de etiquetas pegadas sobre una realidad previamente organizada.

También establece relaciones, diferencias y categorías.

Nos permite construir una realidad pensable.

¿Y qué ocurre con aquello que nunca pudo nombrarse?

Puede permanecer como sensación, imagen, afecto, malestar o experiencia difícil de organizar.

Puede aparecer indirectamente.

Puede intentar ser explicado mediante palabras aproximadas.

Y también puede ocurrir algo profundamente humano: buscar una palabra que todavía no tenemos.

Porque estar dentro del lenguaje no significa disponer de una palabra exacta para cada experiencia.

Significa contar con una estructura simbólica desde la cual podemos intentar producir sentido.

Entonces, ¿podemos pensar algo que nunca pudimos nombrar?

Podemos experimentarlo, percibirlo e incluso advertir que existe algo que no logramos nombrar. Pero nombrarlo transforma radicalmente nuestra relación con eso: permite recortarlo, diferenciarlo, relacionarlo y convertirlo en un objeto sobre el cual podemos pensar de otra manera.

Las palabras no crean todo aquello que existe.

Pero hacen posible algo decisivo:

que una parte de nuestra experiencia pueda volverse pensable.

Véase también

¿Qué difrencia existe entre ignorar y saber que ignoramos?

¿Qué existía primero, el pensamiento o el lenguaje

¿Qué es pensar?

Fuente

El enguaje como origen de la psicosis

Autora: Karina Agüero

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