Nunca te sueltes - Análisis

Karina Agüero

12/31/202619 min read

Parte 1: El Mal que acecha en el bosque (La historia de la película)

La película se da en un escenario post-apocalíptico en donde el mundo exterior ha sido destruido. Una fuerza siniestra y palpable, conocida simplemente como «el Mal», arrasó con la civilización y dejó a Momma (Halle Berry) y a sus hijos mellizos, Nolan y Samuel, como los únicos sobrevivientes en una cabaña aislada en el bosque.

La supervivencia de esta familia no es producto del azar, sino de reglas estrictas que llevan adelante. La casa, construida y bendecida por el abuelo de los niños, es el único refugio seguro en la Tierra y para salir al bosque —a buscar comida—, deben estar atados a unas sogas conectadas a los cimientos. Si se sueltan, pierden la protección y «el Mal» puede poseerlos para entrar al hogar. Esta entidad maligna es inteligente, sádica y adopta la apariencia de seres queridos muertos para engañarlos y hacerlos dudar, ya que la duda es su principal arma.

El peligro es constante y Momma tiene el don (o la maldición) de ser la única que puede ver al «Mal» acechando en el bosque, manifestándose con el rostro de su difunta madre o su marido. En el pasado, esta misma entidad logró poseer a sus padres y a su esposo, obligando a Momma a tomar la terrible decisión de matarlos para proteger a sus hijos.

Sin embargo, «el Mal» es paciente y durante un accidente en el bosque, los niños se sueltan de la soga. Aunque aparentemente no pasa nada, la semilla de la duda queda plantada en Nolan, quien cae en la trampa de la entidad y empieza a creer que «el Mal» no existe.

La tensión llega a su límite durante un invierno brutal: Nolan, engañado por su propia incredulidad, le corta la soga a su madre y la encierra afuera de la casa. Inmediatamente, «el Mal» ataca a Momma y acorralada por el monstruo y aterrorizada por la idea de ser poseída y lastimar a sus propios hijos, Momma toma la heroica decisión de quitarse la vida.

Solos, los hermanos quedan a merced del bosque, sin comida, con hambre y sin su madre. En ese momento, aparece un supuesto excursionista llamado Cole. Nolan cree ciegamente que es un humano normal, pero Sam comprende que es otra trampa del «Mal» y le dispara con una ballesta. Poco después, «el Mal» deja de esconderse: toma la forma de una niña perdida, se transforma en un monstruo horripilante frente a Sam y, finalmente, logra tocarlo y poseerlo.

Completamente bajo el control de la entidad, Sam ataca a su hermano e incendia el único refugio que los mantenía a salvo. En medio de las llamas, Nolan logra sobrevivir abrazando a la aparición oscura de su madre, lo que hace que el monstruo retroceda temporalmente.

Cuando llegan los helicópteros de rescate y descubren que hay ciudades y personas vivas, parece que todo había sido una mentira de la madre. Sin embargo, la verdad sobrenatural se revela en la última escena: en una vieja foto Polaroid tomada durante el incendio, se puede ver claramente la mano de un monstruo sobre el hombro de Sam. El apocalipsis no era global, pero el «Mal» demoníaco del bosque era absolutamente real, y ahora Sam se ha convertido en su nuevo portador.

Parte 2: La mirada psicológica — El otro lado de la historia

Ahora hagamos un ejercicio: saquemos de la película todo aquello que solamente Momma ve y escucha. Saquemos a las figuras que aparecen en el bosque, las transformaciones monstruosas, las voces y la presencia visible de «el Mal».

Dejemos únicamente aquello que podría observar una persona que llegara desde afuera a esa casa, lo que queda ya no parece una película de terror sobrenatural post-apocalipptica. Parece la historia de una familia organizada durante generaciones alrededor de una realidad que no comparte con el resto del mundo. Que no empieza en la protagonista, sino con su madre teniendo alucinaciones y delirios.

Visto desde afuera, tenemos a una mujer que vive aislada con sus dos hijos pequeños. Los niños no están escolarizados, no tienen contacto con otras personas, carecen de electricidad y atraviesan períodos de hambre extrema porque ella les prohíbe salir de la casa. Además, los somete a castigos severos encerrándolos en un sótano y los obliga a recitar plegarias de manera obsesiva, manteniéndolos bajo la constante amenaza de un cuchillo.

Los niños están convencidos de que la civilización desapareció y de que ellos son

prácticamente los últimos seres humanos vivos. Cuando salen de su casa deben permanecer atados mediante sogas porque su madre les ha enseñado que, si se sueltan, una entidad puede poseerlos. Peor aún, existen indicios de que esa misma mujer (su madre) habría matado anteriormente a sus abuelos y su padre, bajo la convicción de que «el Mal» había entrado en ellos y fue para proteger a los hijos. Desde esta perspectiva, podemos empezar a distinguir clínicamente aquellos fenómenos que en la película aparecen mezclados bajo la categoría de lo "sobrenatural".

Lo que Momma ve y escucha: la alucinación

Momma ve personas que sus hijos inicialmente no ven: a su madre muerta, a su marido, transformaciones corporales y figuras amenazantes. Si utilizáramos esta ficción como herramienta psicoeducativa, podríamos pensar esas escenas como una representación cinematográfica de alucinaciones visuales, es decir, experiencias que para quien las vive tienen todas las características y el peso de una percepción real. También escucha voces, es decir, tiene alucinaciones auditivas. «El Mal» le habla, la amenaza, anticipa acontecimientos y le dice que tarde o temprano se soltará y terminará comiéndose a sus propios hijos. Como el cine coloca la cámara dentro de la experiencia de Momma, nosotros también las escuchamos, lo que nos permite comprender fenomenológicamente qué significa una alucinación visual y auditiva.

Acá aparece algo fundamental: decir que alguien alucina no significa que esa persona está "imaginando" algo voluntariamente. Momma no piensa "voy a imaginar que mi madre está frente a mí"; ella efectivamente la ve y cree que esa es la realidad. Por eso, cuando su hijo Nolan le demuestra que está desatada y que no pasa nada, esa evidencia material no tiene ninguna fuerza frente a la evidencia perceptiva de la madre, que está viendo literalmente al monstruo acercarse.

El delirio no es la alucinación: Momma no solamente percibe cosas; existe además una explicación completa y estructurada de lo que está ocurriendo: el mundo terminó, la humanidad fue destruida, la entidad adopta la piel de cualquier persona y el contacto físico permite la posesión. La casa protege, las sogas mantienen esa protección y cualquier duda es provocada por el propio monstruo. Esto ya no describe simplemente una percepción alterada, sino un sistema de creencias que organiza e interpreta la realidad. Aquí diferenciamos dos fenómenos que suelen confundirse: mientras la alucinación es una alteración de la percepción, el delirio pertenece al terreno de las creencias y las certezas. Momma ve a su madre muerta (alucinación) y, además, interpreta esa percepción como una de las formas de la entidad que destruyó el mundo (delirio). Una cosa alimenta a laotra.

Cuando la certeza absorbe la contradicción: una característica fascinante del delirio de Momma es que su sistema posee una explicación incluso para las evidencias que podrían refutarlo. Si alguien aparece desde el mundo exterior, es «el Mal» disfrazado; si un hijo duda, es la entidad confundiéndolo; si alguien parece normal, es porque el monstruo roba pieles. La realidad deja progresivamente de funcionar como una instancia de contraste.

Esto se vuelve evidente cuando llega el excursionista Cole, porque para Nolan, el razonamiento es lógico: "Existe este hombre, entonces existen otras personas, por lo tanto mamá estaba equivocada". Para Sam, la lógica es delirante: "Existe este hombre, mamá dijo que el Mal podía parecer una persona, entonces este hombre es el Mal, mamá tenía razón". La misma evidencia produce dos operaciones psíquicas opuestas: Nolan modifica su creencia para incorporar la evidencia, mientras que Sam modifica el significado de la evidencia para conservar la creencia. Esto es exactamente a lo que nos referimos cuando hablamos de una alteración del juicio de realidad.

El lenguaje estaba antes: Este punto es clave y lo podemos pensar desde el texto psicoeducativo: El lenguaje como origen de la psicosis.

Nolan y Sam no construyeron esa explicación del mundo; cuando nacieron, «el Mal» ya tenía nombre. Ya sabían qué hacía, cómo protegerse y qué significaba sentir miedo en el bosque. Cuando Sam pierde la soga y dice haber sentido que algo se acercaba, Nolan le responde: "Solo estabas asustado". Frente a una misma experiencia corporal (alerta, miedo), hay dos formas de significarla: "Tengo miedo" o "El Mal se acerca". Sam no inventó la segunda opción; la obtuvo de un mundo que ya había sido nombrado para él. Esto no significa que un delirio se "contagie" contando una historia, sino que revela algo mucho más profundo: ningún ser humano aprende a interpretar sus experiencias desde cero. Antes de poder explicar qué nos ocurre, otros ya nos están prestando las palabras para hacerlo.

Una transmisión intergeneracional de significados: la película da una vuelta de tuerca más: Momma también fue hija. La historia de «el Mal» ya existía en la generación anterior a ella.

Su propia madre percibía aquella amenaza y su padre construyó la casa y las sogas como respuesta a esa realidad. Los chicos creen que la casa los protege porque mamá se los enseñó, pero mamá no inventó la casa; la heredó. Y con ella heredó una historia, un sistema de protección y una manera de interpretar el miedo. Reducir esto a un simple "trauma intergeneracional" se queda corto; lo que vemos es la transmisión intergeneracional de un universo simbólico.

Sin embargo, el destino de los hermanos demuestra que el lenguaje no determina mecánicamente a un sujeto, como se explica en el texto psicoeducativo que mencionamos.

Ambos reciben el mismo relato, pero no terminan iguales. Nolan duda, busca evidencia, se suelta y utiliza el mundo exterior para revisar lo aprendido. Sam hace el recorrido inverso: primero cree, luego interpreta sus sensaciones con las palabras de su madre, y finalmente empieza a alucinar aquello que antes solo veía ella.

Primero, existió el relato, y luego su experiencia adquirió la forma de ese relato. Como metáfora, la película nos deja una pregunta clínica extraordinaria: ¿cuánto de aquello que sentimos absolutamente propio comenzó alguna vez en las palabras de otro?

Parte 3: Si esta historia ocurriese en la vida real

Si cambiamos el género y pasamos del terror a la crónica policial, leeríamos este titular: "Una madre mantuvo durante años a sus dos hijos pequeños aislados de la sociedad, sin escolarización y convencidos de que la humanidad había desaparecido. Los sometía a rituales para protegerlos de una entidad maligna. La mujer veía personas que sus hijos no podían ver, escuchaba voces y había asesinado a otros familiares creyendo que estaban poseídos." Es la misma historia, pero sin los monstruos en la pantalla y cuando lo sobrenatural desaparece, nuestra interpretación moral cambia drásticamente. Esto nos acerca —respetando las distancias clínicas y judiciales— a casos reales y devastadores como los de Andrea Yates o Lindsay Clancy.

En el cine, si una madre cree que debe salvar a sus hijos de Satanás, el Mal o algún ser que quiere dañarlos, pero la cámara nos muestra a Satanás. En la vida real, la noticia solo nos muestra las consecuencias, volviendo el acto incomprensible.

Comprender no significa avalar ni declarar inimputabilidad automáticamente (eso requiere evaluaciones forenses específicas), pero exige formular una pregunta clínica ineludible: ¿Qué creía esa persona que estaba haciendo? Hay una distancia abismal entre querer dañar a un hijo y estar convencido de que se lo está salvando de un destino peor.

La conducta observable es igualmente devastadora, pero la realidad psíquica que la produjo no lo es.

El terror nos presta por un momento "la otra cámara" y nos permite empatizar sin juzgar, es decir “ponerlos en el lugar del otro para entenderlo y sentir como sintió” sin necesidad de después decir que sus actos fueron buenos o malos, ese es otro tema.

La primera mitad de este análisis mira desde adentro (hay un Mal), y en la segunda mitad hacemos lo contrario (quitamos al Mal de la pantalla). Solo al hacer este ejercicio nos damos cuenta del privilegio que nos dio el cine: pudimos ver y escuchar lo que ella experimentaba para entender por qué, en su realidad, actuar así parecía la única salida.

En la vida real, solo tenemos la cámara de afuera. Por eso, antes de preguntarnos "¿Cómo pudo hacer algo así?", quizás debamos aprender a preguntar primero: "¿Desde qué realidad estaba actuando?"

¿Qué diríamos si nunca hubiéramos visto al Mal?

Ahora saquemos de Nunca te sueltes todo aquello que solamente Momma puede ver y escuchar. No vemos a su madre muerta. No vemos cuerpos transformándose. No escuchamos voces. No vemos al Mal. Solamente conocemos aquello que podría observar un tercero.

Una mujer mantiene a sus dos hijos aislados de la sociedad. No van a la escuela, no tienen electricidad, pasan hambre y creen que prácticamente toda la humanidad murió. Para salir de la casa deben permanecer atados a sogas porque su madre les asegura que una fuerza maligna puede poseerlos. Además, sabemos que el padre y otros integrantes de la familia murieron y que ella sostenía que esa entidad había entrado en ellos.

Si mañana conociéramos esta historia a través de un titular policial, ¿qué leeríamos en los comentarios?

“Era una despiadada. Nadie con un poco de humanidad dejaría a sus hijos sin comer.”

“Yo jamás les hubiese hecho eso a mis hijos.”

“Si estaba loca, ¿por qué no se internó?”

“¿Qué culpa tenían sus hijos? ¿Por qué nadie los ayudó?”

“Se estaba haciendo la loca para que la declararan inimputable.”

“Es una mentirosa que les hizo creer todo eso. Seguro abusaba de ellos.”

“Eso es violencia materna y todos la están justificando. Es culpa de las feministas.”

“Encima mató al padre y a los abuelos. Seguro armó toda esa historia para que no la

culparan.”

“No entiendo a la gente que justifica a estas mujeres. Deberían ser banderas rojas.”

“¿Cómo alguien puede empatizar con una asesina?”

“Yo tengo psicosis y no soy asesina.”

“¿Y los derechos de esos nenes? Los chicos eran las verdaderas víctimas.”

Estos comentarios son sumamente útiles porque muestran cómo, ante un hecho incomprensible, las explicaciones ideológicas, morales o identitarias vienen a ocupar inmediatamente el lugar de una explicación clínica.

El privilegio de la otra cámara

Ahora volvamos a poner en la película aquello que habíamos quitado. Nosotros vemos niños atados a sogas; ella ve la única manera de impedir que el Mal toque a sus hijos. Nosotros vemos chicos aislados de la sociedad; ella cree que la sociedad ya no existe. Nosotros vemos niños pasando hambre y nos indignamos; ella cree que atravesar los límites seguros para buscar comida significa entregar a sus hijos al Mal. Nosotros vemos una mujer que mató a familiares; ella cree que esas personas habían sido tomadas por el Mal y podían destruir a sus hijos. Nosotros vemos a una mujer aterrorizada frente a un espacio vacío; ella ve y escucha algo.

Y acá está el punto que cambia completamente la lectura: nosotros tuvimos un privilegio que jamás tenemos cuando conocemos un caso real. La película nos mostró su realidad desde adentro. Por eso no necesitamos recurrir inmediatamente a “era mala”, “era una mentirosa”, “se hacía la loca” o “es culpa de las feministas” para completar rápidamente aquello que desconocemos. La película nos permitió conocer otra variable.

Justificar no es avalar

Frente a este tipo de análisis, siempre aparece el reproche: “La están justificando”. Y, en el sentido estricto de la palabra, es cierto. Estamos intentando justificar —es decir, explicar— por qué ocurrió.

Justificar no es avalar. Explicar que ataba a sus hijos porque estaba convencida de que la soga impedía una posesión, justifica por qué aparecía esa conducta. No significa decir que mantener niños atados sea correcto y esta diferencia es fundamental porque, si queremos prevenir una conducta, necesitamos poder explicarla.

Decir “era una madre monstruosa” puede expresar nuestra valoración moral, pero no explica por qué ocurrió. Decir “las feministas justifican a las madres porque creen que todas son buenas” tampoco explica lo sucedido. Decir “yo jamás haría eso” nos informa sobre quien comenta, no sobre la persona cuya conducta intentamos comprender. Decir “yo tengo psicosis y nunca maté a nadie” demuestra correctamente que el diagnóstico no convierte a alguien en asesino, pero no invalida que una tragedia pueda producirse bajo determinadas alucinaciones, delirios y alteraciones del juicio de realidad. Y decir “se hacía la loca para conseguir la inimputabilidad” introduce una hipótesis de simulación que, en un caso real, habría que demostrar; no podemos usarla simplemente porque nos resulta más cómodo pensar que alguien miente antes que aceptar que experimenta una realidad radicalmente distinta a la nuestra. Empatía como cambio de posición

A la pregunta “¿Cómo pueden empatizar con una asesina?”, la respuesta es que empatizar significa intentar ponerse en el lugar del otro. No significa aprobar, no significa perdonar y tampoco significa necesariamente sentir compasión.

Podemos empatizar con Momma intentando comprender qué significaba para ella ver al Mal aproximándose. Podemos empatizar con Nolan intentando comprender qué significa descubrir que la realidad que te enseñaron quizá nunca existió. Y podemos empatizar con Sam e intentar comprender qué significa crecer sin ninguna realidad alternativa disponible. Todo esto, mientras sentimos la más profunda compasión por esos chicos; una cosa no cancela la otra.

De hecho, Nunca te sueltes hace literalmente con la cámara aquello que llamamos empatía: nos cambia de posición. Primero, nos deja mirar desde ella, después nos obliga a mirar desde sus hijos y, finalmente, nos muestra algo bastante más incómodo que un cuento de buenos y malos: que dos personas pueden estar viviendo el mismo acontecimiento desde realidades completamente diferentes.

Si esta película te dejó pensando, hay tres textos que pueden ayudarte a entender qué acabamos de ver

Nunca te sueltes permite abrir muchas preguntas, pero hay tres textos nuestros que recorren precisamente los problemas que aparecen detrás de esta historia. No hablan de la película en sí: ofrecen las herramientas conceptuales para pensarla.

Aquí tenés el texto integrado, manteniendo toda la fuerza teórica sobre la función del lenguaje y el límite, y estructurado en párrafos fluidos que facilitan la lectura y el impacto de los conceptos: El lenguaje como origen de la psicosis

Probablemente sea el texto que más directamente dialoga con Nunca te sueltes, porque el problema no comienza cuando Sam finalmente “ve” al Mal. Empieza muchísimo antes, cuando alguien le dice que el Mal existe. Los niños nacen dentro de un mundo que ya fue nombrado. En el caso de Nolan y Sam, ese mundo tiene reglas muy precisas: el Mal existe, puede cambiar de piel, la casa protege, la soga impide que te toque, afuera no queda nadie y dudar puede ser precisamente una estrategia del monstruo para engañarte. Antes de que puedan comprobar cualquiera de esas afirmaciones, ya cuentan con un sistema de significados desde el cual interpretar lo que les sucede.

El lenguaje como origen de la psicosis parte justamente de una idea radical: el lenguaje no se limita a describir una realidad previamente construida, sino que participa en la organización de la experiencia, del pensamiento y de aquello que el sujeto puede llegar a vivir como realidad. Por eso se pregunta: ¿qué participación tiene el lenguaje en la construcción de aquello que después experimentamos como real? ¿Cuánto de lo que creemos propio comenzó siendo una palabra, una explicación o una interpretación proveniente de otro?

Nunca te sueltes permite volver casi visible ese proceso. Momma no les entrega solamente palabras a sus hijos: les entrega un sistema completo de significados con el cual leer el mundo.

Una casa no es simplemente una casa: es el único lugar seguro, una soga no es solamente una soga: es aquello que impide que el Mal pueda tocarlos, el bosque no es únicamente el exterior: es territorio de amenaza. Y una persona desconocida no necesariamente demuestra que existen otros sobrevivientes: puede convertirse inmediatamente en la confirmación de que “el Mal puede cambiar de piel”. Esto permite comprender algo fundamental: una vez construido un sistema de significados, lo que ocurre puede comenzar a ser interpretado desde ese mismo sistema. Incluso aquello que podría contradecirlo puede adquirir un significado que lo preserve.

El texto trabaja también sobre la función del límite: cómo el lenguaje organiza un adentro y un afuera, lo permitido y lo peligroso, ofreciendo coordenadas desde las cuales el niño puede orientarse. En la película, esa organización adquiere una materialidad extraordinaria: la casa establece el adentro, el bosque el afuera y la soga dibuja literalmente la frontera entre ambos. Pero allí el límite no introduce solamente una regla: organiza una realidad entera.

Y la película lleva la pregunta todavía más lejos porque ese lenguaje tampoco comenzó con Momma: ella también fue hija. La casa estaba antes que Nolan y Sam; las sogas estaban antes; el miedo estaba antes. La interpretación de aquello que habitaba el bosque pertenecía a una generación anterior y Momma recibió una historia antes de convertirse en quien después iba a transmitirla. Por eso, Nolan y Sam no llegan al comienzo de una historia: llegan a una historia que ya había empezado.

Entonces, aparece quizá la pregunta más potente que Nunca te sueltes permite hacer a partir de El lenguaje como origen de la psicosis: ¿qué ocurre cuando no solamente heredamos una casa, sino también las palabras con las cuales aprendimos a interpretar lo que sucede dentro y fuera de ella? Antes de que un niño pueda decidir qué significa aquello que siente y percibe, ya existe un Otro que nombra el peligro, la seguridad, el miedo, lo permitido y hasta aquello que debe considerar real. La película lleva esa idea al extremo para permitirnos verla.

El lenguaje como origen de la psicosis pregunta entonces qué papel cumple el lenguaje en la construcción de la realidad y qué puede ocurrir cuando deja de alcanzar para sostener una realidad compartida. Porque quizás para comprender cómo alguien llegó a habitar determinada realidad no alcance con preguntarnos qué ve ahora. También tengamos que preguntarnos con qué palabras aprendió, mucho antes, a mirar.

¿Cómo llegaste a ser quien sos?

Este texto, anteriormente titulado ¿Los trastornos mentales se heredan? ¿Quién tiene la culpa de que seas como sos?, parte de una pregunta aparentemente sencilla: ¿cómo llegaste a convertirte en la persona que sos? ¿Fue tu cerebro? ¿Tu genética? ¿Tu madre? ¿Lo que viviste? ¿El ambiente? ¿Tus vínculos? ¿El lenguaje? El problema aparece cuando intentamos elegir una sola respuesta. ¿Cómo llegaste a ser quien sos? trabaja precisamente sobre el modo en que herencia, cerebro, experiencias, vínculos, ambiente y lenguaje se entrelazan en la constitución de una persona.

El niño no llega al mundo encontrándose con una realidad ya interpretada por él. Llega a una trama de palabras, deseos, silencios y miradas que existía antes de su nacimiento. Antesincluso de poder nombrar aquello que siente, otro empieza a hacerlo por él. Un bebé experimenta una sensación corporal que todavía no puede identificar, y es el adulto quien 00dice: “tenés hambre”, “tenés sueño”, “tenés frío”, “hay que cambiarte”. Poco a poco, esas palabras participan en la organización de la experiencia: el niño aprende no solamente palabras para comunicar lo que siente, sino también a reconocer e interpretar aquello que siente.

El texto lleva esta idea todavía más lejos al preguntarse qué ocurre cuando una experiencia es nombrada de determinada manera una y otra vez. Allí aparece el ejemplo: “Todo se vive como hambre, porque todo fue nombrado como hambre”.

Nunca te sueltes permite llevar esa pregunta casi hasta el límite. Momma no se limita a enseñarles a Nolan y Sam que existe una cosa llamada “el Mal”; les enseña a decodificar el mundo. Una sensación corporal de miedo puede significar “el Mal se está acercando”. Una persona desconocida puede significar “el Mal cambió de piel”. Alejarse de la casa significa “quedar expuesto”, y una soga significa “protección”. Por eso es tan extraordinaria la escena en la que uno de los hermanos, después de haberse soltado, asegura haber sentido que algo se acercaba, mientras el otro todavía puede ofrecerle una interpretación diferente: “Solo estabas asustado”. Los dos pueden haber experimentado miedo. Lo que cambia es cómo decodifican esa experiencia.

Y entonces la película abre otra de las grandes preguntas del texto: la transmisión generacional. Porque Momma no solamente es madre, antes fue hija y su propia manera de mirar el mundo tiene una historia. La casa estaba allí antes que Nolan y Sam; las sogas estaban allí y la generación anterior ya había construido explicaciones acerca del peligro, de la protección y de aquello que habitaba el bosque: ¿Cómo llegaste a ser quien sos? trabaja precisamente sobre aquello que puede atravesar generaciones: incluso nuestra manera de mirar a nuestros hijos fue construida mientras nosotros mismos éramos hijos. Hay modos de relacionarnos, interpretar, nombrar y significar que pueden transmitirse sin que nadie tome conscientemente la decisión de transmitirlos.

Pero Nunca te sueltes agrega algo fundamental: una historia puede transmitirse sin producir copias. Nolan y Sam son hermanos, crecieron en la misma casa, fueron criados por la misma madre, escucharon las mismas explicaciones y aprendieron las mismas reglas.

Sin embargo, uno comienza progresivamente a cuestionar aquella realidad mientras el otro se aferra cada vez más a ella. Eso obliga a abandonar dos determinismos igualmente reduccionistas: no somos simplemente nuestra biología, pero tampoco somos simplemente aquello que hicieron con nosotros. Recibir una historia no significa estar condenado a repetirla, pero tampoco significa que comenzamos nuestra vida desde cero.

Por eso, si Nunca te sueltes te dejó preguntándote cómo una realidad puede atravesar tres generaciones y, aun así, producir sujetos diferentes, ¿Cómo llegaste a ser quien sos? amplía esa pregunta mucho más allá de la película: ¿cuánto de aquello que hoy sentís como absolutamente propio comenzó alguna vez en el cuerpo, las palabras, las miradas y los vínculos con otros? El texto aborda herencia, cerebro, lenguaje, ambiente, experiencias y vínculos en la constitución del psiquismo. Porque quizá la pregunta no sea solamente qué heredaste, sino qué ocurrió con todo eso hasta convertirse en vos.

El ABC de los diagnósticos en salud mental: El ABC de los diagnósticos en salud mental

El tercer texto permite poner nombres diferentes a fenómenos que, si no conocemos sus diferencias, podemos meter rápidamente dentro de una misma bolsa llamada “locura”.

Momma ve personas que los demás no ven, escucha voces que los demás no escuchan, está convencida de que el mundo terminó, interpreta que determinadas personas fueron poseídas y construye un sistema completo alrededor de esa certeza, haciendo que la realidad compartida pierda progresivamente la capacidad de modificarla.

Pero no estamos hablando necesariamente del mismo fenómeno cada vez. ¿Qué diferencia una alucinación de un delirio? ¿Qué significa perder el criterio de realidad? ¿Es lo mismo psicosis que esquizofrenia? ¿Por qué dos personas pueden realizar conductas aparentemente similares desde funcionamientos psíquicos completamente diferentes?

El ABC de los diagnósticos en salud mental ayuda a diferenciar alucinaciones, delirios, alteraciones del juicio de realidad, síntomas, diagnósticos y estructuras, y a comprender por qué encontrar un fenómeno aislado no alcanza para diagnosticar a una persona. A través de las diferencias entre neurosis, psicosis y perversión, propone dejar de preguntar solamente “¿qué hizo?” para empezar a preguntarnos “¿desde qué realidad lo hizo?”.

Esto se vuelve especialmente importante cuando pasamos de una película a un caso real. Decir “tenía psicosis” todavía explica muy poco. Necesitamos preguntarnos qué veía, qué escuchaba, qué creía, cómo interpretaba aquello que estaba ocurriendo y qué capacidad conservaba para poner sus propias certezas en duda.

Porque dos conductas que desde afuera pueden parecernos iguales no necesariamente responden al mismo funcionamiento psíquico. Para comprender un acto no alcanza con observar su resultado: necesitamos reconstruir la lógica desde la cual se produjo.

Y justamente por eso necesitamos justificarlo en el sentido de poder explicar por qué ocurrió. Justificar no significa avalar, aprobar ni aceptar una conducta. Significa encontrar las razones que permiten comprenderla. Solo cuando podemos explicar qué ocurrió tenemos mejores herramientas para diferenciar, prevenir e intervenir.

Nunca te sueltes nos concede una ventaja que no tenemos frente a una noticia: la cámara puede mostrarnos por un momento la realidad desde la que Momma está actuando. El ABC de los diagnósticos en salud mental ofrece las herramientas conceptuales para empezar a distinguir qué fenómenos estamos viendo dentro de esa realidad y por qué no deberíamos llamar simplemente “locura” a todo aquello que todavía no sabemos diferenciar.

Fuente

Autora: Karina Agüero

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