Delirio y conducta: Cuando una certeza empieza a organizar lo que hacemos

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Efrain Rodas

8/18/20261 min read

Un delirio no permanece necesariamente encerrado en el pensamiento. Aquello que una persona considera verdadero puede modificar también lo que hace.

Esto no debería resultarnos extraño. Todos organizamos parte de nuestra conducta a partir de aquello que creemos que está ocurriendo. Si creemos que va a llover, llevamos un paraguas. Si pensamos que alguien está enojado con nosotros, quizás evitemos hablarle. Si creemos que una calle es peligrosa, elegimos otro camino.

Pensamiento y conducta no funcionan como territorios completamente separados.

¿Qué sucede, entonces, cuando aquello que organiza una conducta es una certeza delirante?

Una persona convencida de que está siendo vigilada puede comenzar a cerrar las cortinas, revisar cámaras, modificar recorridos o buscar quién la sigue. Alguien convencido de que su pareja le es infiel puede revisar teléfonos, hacer preguntas repetidamente o interpretar cambios cotidianos como nuevas pruebas. Quien siente que determinados mensajes están dirigidos especialmente hacia él puede empezar a buscarlos, responderlos o actuar de acuerdo con lo que cree que le están indicando.

Desde afuera, algunas de esas conductas pueden parecer incomprensibles si observamos solamente la acción.

Pero la conducta tiene una lógica.

Para comprenderla necesitamos conocer la certeza desde la cual esa persona está actuando.

Esto tampoco significa que toda persona que delira vaya a comportarse de manera extraña, peligrosa o fácilmente reconocible. Un delirio puede convivir durante algún tiempo con actividades cotidianas, vínculos, trabajo y conversaciones aparentemente habituales. Incluso algunas conductas pueden resultar completamente comprensibles por separado.

Lo que puede cambiar es la estructura que empieza a conectarlas.

Si alguien está convencido de que lo persiguen, intentar descubrir quién lo persigue puede parecerle razonable. Si está seguro de que existen mensajes ocultos destinados a él, prestarles atención también puede resultarle razonable. La conducta no necesita ser absurda cuando se la observa desde las premisas que la organizan.

Por eso, frente a un delirio, no alcanza con preguntarnos qué cree una persona.

También necesitamos preguntarnos:

¿Qué está haciendo a partir de aquello que cree?

Porque una certeza puede permanecer durante un tiempo fundamentalmente en el pensamiento o puede comenzar a reorganizar decisiones, vínculos, rutinas y acciones.

Y observar ese pasaje puede ser tan importante como reconocer el contenido del delirio.

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